sábado, 27 de febrero de 2010

El hijo de la Condesa (I)


Una humilde y raída habitación de hospicio madrileño era todo su hogar.

Una cama de hierro, un traje gris en el armario, el enjuto escritorio y su silla, más los desvelos de un ama briosa, era cuanto le quedaba.

Eso, y las trescientas pesetas que aún le seguía enviando, religiosamente, su antiguo club, por giro postal, a la misma oficina de correos de siempre, treinta años después.

El modesto empleo en la Mutua de Futbolistas Españoles apenas llegaba para un vermut.

Estaba en sus últimos días, tal vez sus últimas horas, y lo sabía.

No diremos que moría de tristeza, pero quizás sí de nostalgia.

No era demasiado viejo para lo que había vivido.

Los tiempos locos de popularidad y glamur se habían desvanecido.

Apenas quedaba nada de aquella estrella del sport, aquel dandy de enorme tirón mediático cuya luz vino a apagarse con el olvido, como si de una Norma Desmond footballística se tratase.

Postrado en la cama, con los ojos puestos en el techo desconchado de la humilde pensión, el hijo de la Condesa repasaba una y otra vez, casi compulsivamente, las escenas más íntimas de su juventud.

Su madre, heredera de una saga británica enraizada en España desde la atalaya jerezana del vino, amante del deporte y las carreras, como casi todos los suyos.

Con un nombre de esos que antes de pronunciarlos es necesario tomar aire para darlo de una sola vez.

Isabel María del Carmen de Castellví y Gordon, Condesa de Carlet, Condesa del Castellá.

En la imagen inferior, de oscuro, a la derecha, como madrina en la boda de su primogénito Jorge.




Hija de D. Ricardo de Castellví y de Ibarrola y de Dña. Mercedes Gordon y Prendergast, Carmen era descendiente de irlandeses por la rama paterna y de los Gordon escoceses por la materna. Curiosamente estos últimos, íntimamente unidos a los orígenes del Sevilla Football Club.

Poseía la familia un castillo en Aberdeen que visitaban frecuentemente, al igual que Londres.

Veamos un fragmento de la tercera de ABC que se le dedicaba a esta ilustre poetisa con motivo de su fallecimiento:




Su padre, Salvador Armet y Ricart, un intelectual catalán de renombre, profesor universitario, arqueólogo, folklorista y crítico musical.


Mercedes, su hermanastra, prontamente adscrita a una congregación religiosa, y sus hermanos Jorge, Ricardo, Francisco y María de la Palma.

Él, Juan Antonio según cristiano bautismo, Juan a secas para casi todo el mundo, era el más pequeño de los varones.

Vino al mundo en Tarrasa, en el año de gracia de 1895.

Los Armet de Castellví formaban una familia aristocrática, de esas que copaban páginas en las revistas de sociedad, que entonces ya existían.

Nobleza de título por la rama materna.

El deporte prendió en todos los hermanos con la misma fuerza que entusiasmaba a su madre, a fin de cuentas corría por sus venas.

El patriarca de la familia, D. Jorge de Castellví, ya apadrinaba torneos deportivos a finales del siglo XVI.

Y el abuelo materno de Juan, D. Ricardo, fue socio del Veloz-Club madrileño, fundado en 1869.

Sin embargo, entre todas las modalidades sportivas en boga en aquellos tiempos, una por encima de todas copaba las preferencias de los Armet y Castelllví, el foot-ball.

Adolescentes precoces en esto del balompié, tenían que camuflar sus nombres de verdadera alcurnia para intentar pasar desapercibidos al qué dirán.

Koki, Pakán, Kinké, sobrenombres casi indescifrables unidos por una misteriosa K que no sabemos a qué podría responder.

Como sus hermanos, como el mismo gigante Ricardo Zamora, hizo Juan sus primeras armas futbolísticas en el Universitari, aquel equipo nodriza de estrellas del primitivo fútbol catalán.

Era un delantero cerebral, habilidoso, de enorme talento y técnica depurada, no exento de cierta frivolidad y de excentricidades ínsitas a su condición de genio.

Se distinguía asimismo por sus dotes de estratega y su capacidad para descubrir nuevas promesas.

Participaba en tareas de dirección deportiva y gustaba de reubicar a sus compañeros en nuevas posiciones sobre el terreno de juego en las que rendían con mayor eficacia.

Inquieto, extraño, sensible, su alma de Phileas Fogg refinado no acababa de encajar en aquel entorno aristocrático barcelonés en el que las reglas del juego estaban marcadas.

Su salida del Universitari para ingresar en el Español provocó tal impacto deportivo que a punto estuvo de provocar la defunción del club.


Y ya en el Español era habitual verle alineado junto a sus hermanos, llegando a proclamarse Subcampeón de España en 1915.


Jorge, el mayor y primero en el orden sucesorio, era conocido futbolísticamente como “Koki”, y llegaría a ser un excelente medio e interior.


Falleció prematuramente, heredando los títulos nobiliarios familiares su hermano Ricardo.

A Ricardo Armet de Castellví le sucedió su sobrina María de la Paloma Barris y Armet de Castellví, musa del gran poeta mexicano Amado Nervo, nacida en Málaga el 6 de enero de 1926, e hija de N. Barris y N. Armet de Castellví. Paloma Barris contrajo matrimonio en 1954 con Joaquín Coll y Dezcallar con quien tuvo su único hijo, Federico Coll y Barris, actual Conde de Carlet.

Por su parte, Francisco usaba como alias balompédico “Pakán”, y solía alinearse de defensa, aunque su verdadero fuerte estaba fuera del campo, donde era un galán redomado.




Para muestra un botón.

Así contaba en sus memorias Ricardo Zamora (a quien Pakán había inoculado tempranamente el virus del fútbol) cómo este Armet le birló la que él creía que sería su primera conquista amorosa:

Pero Madrid no tan sólo fue la ciudad que me dio el espaldarazo futbolístico, sino tambien la que me ofreció la primera aventura. No fue una conquista, pues aún cuando ya presumía de galán experimentado, era en el fondo un ingenuo. Y si traigo a colación este escarceo mujeriego, no es por vanidad ni mucho menos, ya que del mismo salí chasqueado.

Durante la breve estancia en la Corte nos hospedábamos en pensión de pretensiones finas: Pensión Carretas se llamaba. Y en esa calle típica, frente casi del teatro Romea, sede de Pastora Imperio, me ocurrió lo que voy a narrarles.

La víspera del partido, cenando el equipo muy temprano, advertí que en un ángulo del comedor, desierto todavía, había una dama. Sola en su mesa, miraba con curiosidad hacia la nuestra y sonreía. Era bella, por cierto. Alta y esbelta, escultural la forma, distinguidas y elegantes las maneras. El rostro era un prodigio de perfección porque, además de lo correcto de su óvalo, de sus ojos celestes y rasgados, tenía una boca ... El que más y el que menos de los nuestros creyó oportuno arreglarse la corbata. ¿Para quién miraría? No quise decir nada, pero cuando yo la observé, la bella sonrió de una manera especial. ¿Una seña? El caso es que me turbó, que enrojecí y no pude comer. Más tarde, recogiéndonos ya, me tropecé con ella en el pasillo. Otra vez la sonrisa, y como viese que yo seguía el camino sin pararme, me detuvo atrevida. El hablar era extraño, muy difícil, por lo que comprendí que era extranjera. Me preguntó si era futbolista y me prometió ir a verme: "¡Oh!, después de jugar quisiera verle. ¿Vendrá usted? Este es mi número. Tomaremos el té. Pero ni una palabra de esto a sus amigos."

Sorprendido y poco experimentado, lo que yo cabilé no es para dicho. El secreto no cabía en mí; necesitaba alguién a quien comunicarlo. ¿Quién mejor que Pakán? Armet Pakán era maestro en aquellos menesteres y a él acudí yo. El muy taimado se burló bien de mí. Me dijo que en tales ocasiones se debía proceder con pies de plomo. Él iría primero a ver a la extranjera, mientras yo esperaba muy quietecito. En efecto, esperé no poco tiempo y cuando, ya cansado, me iba a marchar, vi bajar a Pakán muy de ganchete con la rubia genial, ¡con mi conquista! Pasó altiva ella y él -¡infame!- me saludo burlón: "¡Adiós Ricardo!".

Y llegamos por fin a 1917, cuando la prensa deportiva sitúa a Juan Armet “Kinké” fuera del Español, concretamente en Madrid.


Y desde allí, este singularísimo personaje, va a tomar una decisión que cambiará el rumbo de la historia del Sevilla Fútbol Club.

...Continuará

5 comentarios:

  1. Kinké nuestro que estás en los cielos,
    bajo un sombrero de ala ancha o con el escudo de Lafita en el pecho.
    Luz de la gloria sevillista sea tu nombre,
    venga a nosotros tu escuela sevillana.
    Hágase tu ideal del fútbol sobre los campos de tierra andaluces...

    Prosiga su historia, D. Enrique, para que pueda terminar mi Oración.

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  2. O_O

    Siga usted enseñándonos D. Enrique. A esto se le llama profundizar e investigar con maestría.

    Esperando la siguiente parte.

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  3. Cuando le da por las superproducciones históricas, sólo le falta la música de Miklos Rozsa.

    Voy a por las palomitas para la segunda parte.

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  4. Esperemos que con la segunda parte suceda como con El Padrino y supere a la primera. No se merece menos este extraordinario personaje, que podría perfectamente haber protagonizado un largo de Eastwood. Gracias a este trío de maestros. Falta algún otro que estará por ahí desenchufado.

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  5. Saludos.

    ¿Y usted me pregunta sobre literatura?

    Es más que emocionante y como carezco de las dotes de Don Antonio para la poesía, me limitaré a tirar cohetes.

    Gracias y estaremos muy pendientes del desarrollo de ésta delicia.

    Cuídate.

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