jueves, 23 de abril de 2009

El síndrome de "Benjamin Button"



Como mis lectores saben, desde este blog hemos pretendido mantener siempre una visión lo más positiva posible del desempeño sevillista en el ejercicio actual y, por ende, de la labor de su criticadísimo entrenador, Manolo Jiménez, por la idea de sumar y alcanzar los objetivos en esta zigzagueante campaña, mientras exista campo para ello, en lugar de cebarnos en unas guerras intestinas para las que, aún, según creo, no ha llegado el momento.

Quien escribe piensa que poco podemos arreglar de aquí al final de temporada por mucho que creamos que sea lo que debe corregirse, y que más vale juntar filas ahora para aprobar el examen final, que recrearnos en lo que habría que haber hecho y/o debería hacerse en el próximo curso. Tiempo habrá de analizar y decidir. Quienes mejor saben hacerlo –y así lo han demostrado- están en la planta noble de Nervión.

Ahora bien, sentado lo anterior, debo reconocer sin embargo que un terrible temor ronda mi cabeza desde hace algunos, muchos meses, coincidiendo con la toma de posesión de Jiménez como entrenador del Sevilla Fútbol Club.

Y es la involución sufrida por el equipo, su regresión, que está llegando a extremos insospechados de parecido, maldita sea mi estampa, con aquel otro Sevilla que siempre conocimos, previo a la fase gloriosa iniciada en la temporada 2005-2006.

Lo acontecido este ejercicio en Génova no pudo ser más similar, una réplica exacta de aquella otra noche de Parma de infausto recuerdo.

La vergonzante eliminación copera de San Mamés, una auténtica pieza gemela de aquella otra con Osasuna de enero de 2005, con tres chicharitos a uno, gol final de Makukula, y para casa.

Y qué decir del “espectáculo” de ayer…

Nuestro Sevilla volvió a ser un equipo-pelele como, por ejemplo, aquel otro de hace veinte años que perdía por goleada de siete en el Bernabéu, y encima sus jugadores se enredaban con risitas y chistecitos con los madridistas en cada saque de centro.

Sólo de recordarlo se me revuelven las tripas.

Con el técnico de Arahal tengo la incómoda sensación de que la etapa post-Caparrós (o, si lo prefieren, el periodo pre-Jiménez) fue un paréntesis aislado dentro de la dinámica general histórica del club desde los años cuarenta, aunque con dos diferencias fundamentales.

La primera, que el equipo de hoy, aún inferior –o siquiera distinto- en valía futbolística al del referido paréntesis, es insultantemente superior a aquellos otros de Caparrós y anteriores. Ahí están los Luis Fabiano, Kanouté, Palop, Navas, Escudé, etc.

La segunda, que ya no pesan sobre la institución, y por consiguiente, sobre sus dirigentes y profesionales, las presiones de la “deuda histórica” por falta de títulos que atenazaba a sus antecesores.

Ciertamente la labor de Jiménez resulta un tanto poliédrica, acumula diversos méritos, e incluso en su debe habría que considerar el efecto mitigador de notables atenuantes, a los que ya hemos aludido en otras ocasiones en esta misma página, pero la reflexión que aquí me trae no deja de ser ciertamente inquietante.

La situación actual del equipo me recuerda enormemente, muy a mi pesar, a la de la temporada 2004-2005, en la que después de navegar tres cuartos del ejercicio en puestos de Champions, con comodísimas ventajas sobre nuestros perseguidores, fuimos despojados a última hora del puesto por quienes ya sabemos. Es un triste paralelismo, lo sé, pero demasiado evidente, tanto como que hay un equipo, el Getafe, que entonces y ahora, parece tener reservado un malvado papel protagonista en la película.

Pero aún hay tiempo.

Tenemos que conjurarnos todos para superar el mal de Benjamin Button. No podemos volver atrás, el pasado es ya pasado. Aprovechemos que somos mejores que entonces y empecemos el mismo domingo, afición, equipo, técnicos y consejeros, a remar con fuerza en pos de esa tercera plaza que todavía conservamos, y que tenemos que defender con uñas y dientes, por lo civil y por lo criminal.

A grandes males, grandes soluciones. Y si ayer hicimos el ridículo en Barcelona, ante uno de los todopoderosos de la liga, estamos obligados a desquitarnos doblegando al maligno de la Castellana en nuestra casa, ante nuestra gente, en el homenaje a la afición.

Están en juego no sólo los tres puntos, sino también nuestro crédito y nuestro orgullo.

Vamos mi Sevilla, vamos Campeón.

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