lunes, 7 de diciembre de 2009

Un par de novatos contra la delantera eléctrica


El fútbol español hasta la Guerra Civil era un fútbol eminentemente físico, en el que prevalecía la fuerza bruta de sus practicantes sobre cualquier exquisitez o barroquismo.

Aunque pueda parecer un contrasentido, una de las razones que justificaban lo rudimentario del juego era precisamente la escasa preparación física de los jugadores, en comparación con la importancia que ello tiene hoy día, de manera que, como si de una ley natural se tratara, los equipos con mayor fortaleza y resistencia, en cuanto a su morfología, es decir, con elementos más altos y robustos, acababan siempre por demoler a los conjuntos formados por individuos frágiles y livianos, pues la habilidad y la técnica que éstos pudieran atesorar aún no compensaban suficientemente la falta de facultades.

Además de la preparación física, o mejor dicho, la ausencia de ella, otro factor decisivo para que se diera aquella tendencia hacia el fútbol-fuerza era el balón, que en aquellos tiempos tenía una pobrísima calidad. Se fabricaban en un cuero permeable al barro y al agua, con lo que cada vez que llovía o la cancha estaba embarrada, aumentaba su peso considerablemente, dificultando su desplazamiento y el tiro. Además lucía unos enormes costurones que convertían los despejes de cabeza en una auténtica prueba de valentía para los defensas de la época.

Razones como las expuestas se encuentran entre las claves para que nuestro Sevilla “del miedo”, aquel de los Spencer, Ocaña, Kinké o Brand, no rubricase en su palmarés –Campeonatos de Andalucía aparte- la excelsitud de su fútbol allende Despeñaperros.

En el periodo al que nos referimos, la hegemonía indiscutible en el fútbol de los títulos la acaparaban los equipos de la cornisa cantábrica, con el Athletic de Bilbao a la cabeza, seguido de clubes como Arenas de Guecho, Real Unión de Irún y Club Ciclista de San Sebastián (hoy Real Sociedad). Sólo el Barcelona y el Español le hacían algo de sombra desde la ciudad condal. Clubes grandes hoy indiscutibles como Real Madrid, Valencia o Atlético de Madrid, por poner tres ejemplos fáciles, apenas si pudieron aguantar el tirón de los primeros. Y fuera ya de los títulos, hay que destacar igualmente que en estos años se producen algunos de los pasajes más señeros de la historia de clubes modestos de nuestro septentrión como el Racing de Santander, el Deportivo Alavés, el Osasuna de Pamplona o el Real Oviedo.

Precisamente a este conjunto asturiano, al equipo carballón, pertenecía la famosísima delantera eléctrica, integrada por Casuco, Gallart, Lángara, Herrerita y Emilín. Los tres últimos, internacionales absolutos por España, destacando sobremanera Isidro Lángara, el centro delantero, gran estrella del fútbol español del momento, y luego tras la guerra, en el fútbol argentino. Porque el Oviedo fue el verdadero gran damnificado por la contienda civil entre los equipos de la Primera División española. Fue el único club que vio destruido su campo, el viejo Buenavista, siéndole imposible ocupar su plaza en la división de honor cuando la competición liguera se reanudó en la temporada 1939-40, siendo sustituido por el Aviación Nacional. La delantera eléctrica se desintegró. Lángara marchó al San Lorenzo de Almagro, Gallart al Racing de Ferrol y el ala izquierda del equipo, Herrerita y Emilín, pasó al F.C. Barcelona, aunque retornasen posteriormente a su casa. Antes de la guerra, el Oviedo alcanzaría por dos veces el tercer puesto liguero y se quedó a las puertas de una final de Copa, méritos jamás repetidos para un equipo que, pese a que llegó a disputar una vez la Copa de la UEFA, actualmente milita en la Segunda División B española.

A principios de los años 30, nos encontramos a un Sevilla Fútbol Club deprimido, muy inseguro, que no ha podido digerir aún el doble fracaso contra el Racing santanderino para jugar en la Primera División del fútbol español. Para la temporada inaugural de la liga española, las diez plazas de la categoría se distribuyeron entre campeones y finalistas de la Copa de España, quedando una última libre, para cuya asignación se disputó una competición, en la que cántabros y sevillistas resultaron finalistas, ganando el derecho los racinguistas en el segundo partido, el de desempate. El Sevilla Fútbol Club se proclamó campeón del primer campeonato de liga de la Segunda División, aunque aquel año, temporada 1928-29, por única vez en toda la historia, el primero de la categoría de plata no subía automáticamente a primera, debiendo disputar una promoción con el último clasificado de primera, que resultó ser, precisamente, el Racing de Santander, promoción que perdimos, nuevamente, por la mínima. Los esfuerzos por jugar en la Primera División marcan esta época, en la que se fichan elementos como Gual, Campanal, Vantolrá, Padrón, etc., auténticas figuras de primerísima fila, que pese a suponer un enorme esfuerzo económico, no conseguirán el objetivo del ansiado ascenso hasta 1934. Surge una crisis interna que enfrenta a la tradicional elite sevillista, representada por ese auténtico lobby que fue la Peña Sevillista, con la oposición, representada por la Agrupación Sevillista, y se está muy cerca de un cisma que aborta Ramón Sánchez-Pizjuán con su liderazgo ya indiscutible en aquellos tiempos. La afición culpa a la defensa de los males deportivos del equipo, y entonces el club opta por emular la política de adquisiciones de otros equipos, con el fichaje de jugadores norteños de marcado cariz defensivo: los defensas Euskalduna y Deva, y el medio izquierdo Fede, todos ellos procedentes del Deportivo Alavés. Esta política de injertos vascos dio grandes resultados a equipos como el Real Madrid, con la famosísima pareja de exalavesistas Ciriaco y Quincoces o al euskadikobetis de los Urkiaga, Areso, Aedo, Lekue, Unamuno o Larrinoa, que llegaría a proclamarse incluso campeón liguero en 1935, con un estilo y perfil de equipo netamente anti-andaluz y anti-sevillano, perfecta antítesis de la “escuela sevillista” creada por Spencer, Kinké o Brand.

Aquellos defensas forzudos que entonces se pusieron de moda era lo acostumbrado en las canchas españolas, y durante unas cuantas temporadas, Deva y Euskalduna ejercerían de guardaespaldas de Guillermo Eizaguirre. Quizá por ello el público ovetense reaccionó con un inusitado cachondeo cuando cierta tarde de campeonato en su estadio de Buenavista, el equipo visitante, el Sevilla Fútbol Club, se presentó a jugar contra el titular del Principado con dos defensas imberbes, canijos, prácticamente dos niños, para contrarrestar nada más y nada menos que a una delantera que acumulaba tres puestos en la selección nacional. Decía uno de los protagonistas que las risas de los aficionados del Real Oviedo podían oírse por todo el campo, y que los mismos se frotaban las manos pensando el destrozo que la delantera eléctrica podía hacer con aquellos chavales, no en vano Lángara acabaría siendo el pichichi del campeonato, con veintiocho goles. Uno de aquellos defensas era debutante, y tenía 17 años. El otro acababa de debutar, y también era un adolescente. Sus nombres son míticos dentro de la historia sevillista: Villalonga y Joaquín. Fue Ramón Encinas, el entrenador gallego al que tantísimo debe el sevillismo, quien se ocupó de la transición entre una defensa rocosa y de escasa cintura, y el nuevo concepto defensivo que acabaría imponiéndose, con defensas ágiles, atléticos, flexibles, con gran capacidad para el salto y una movilidad que dificultaba enormemente el desborde de los delanteros rivales. Aquella jornada lejana, nuestro par de novatos fue capaz de tornar las risitas del público en cabreo, pues el partido terminó con empate a cero goles. Al final de la temporada el equipo se mantuvo en Primera División, y cuando aquellos jóvenes maduraron, empezaron a ganar títulos tan importantes como el Campeonato de Copa de España de 1939 o el Campeonato de Liga de 1946.


Joaquín y Villalonga desarrollaron prácticamente toda su carrera profesional como jugadores en el Sevilla, club al que también prestaron sus servicios como técnicos. Joaquín fue segundo entrenador en la época de Luis Miró, cuando la delantera de cristal, Agüero, Diéguez, Antoniet, Pereda y Szalay, brillaba en su máximo esplendor, mientras que Diego Villalonga, apodado "Diego Valor", sería notable entrenador del Sevilla Atlético y apagafuegos de emergencia del primer equipo en aquella época de arriesgados vaivenes que supuso la década de los sesenta.

9 comentarios:

  1. No sé si lo he dicho antes, pero me reitero; MAGNÍFICO.

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  2. Me apunto a lo que comenta A. Ramírez: Magnífico.
    El pasaje de las risas me ha recordado en algo a las que se escucharon cuando un canijo con aparato en los dientes empezó a corretear por el lateral derecho del Ramón Sanchez-Pizjuán. El canijo se llama Daniel Alves
    Un abrazo

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  3. Pues sí, Rafa, y si éstos chavales fueron buenos, Alves todavía fue mejor. Un abrazo.

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  4. Pues yo me quedo con Joaquín y Villalonga, eso que terminen sus carreras en el equipo de mis amores inclina demasiado la balanza. Al brasileño lo miro y lo veo con la camiseta de otro equipo cuando podía lucir la nuestra ¡¡¡Que locura!!!! :D
    Un abrazo

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  5. Si lo pones en esos términos, tengo que darte la razón. Me pasa lo mismo. Lo que ocurre es que el tío es uno de los 5 o 6 mejores jugadores del mundo. Y lo mejor lo ha dado aquí, al igual que Davor Suker o Toni Polster.

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  6. Ayer y hoy sevillista, me gustaria comentarte, sobre Polster, Suker y Biri.
    Debe de ser en privado (es una sorpresa, ya sabreis todos de que va). ¿tienes un correo?

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  7. Estimado Juan, disculpa el retraso. Puedes contactar conmigo en la dirección que figura en el perfil del blog, pero aquí te la dejo: ayerhoysevillista@gmail.com

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