domingo, 23 de mayo de 2010

Una resaca que aún dura


Admiro a quienes tienen la capacidad mental de aislarse y escribir una entrada brillante, o al menos decente, después de algo tan grande como es levantar una Copa. Se ve que me hago mayor, porque tardo en recuperarme más de la cuenta. Ciertamente hice un viaje en plan tranquilo para esta final, haciendo noche tras el partido, y me he dejado un par de días out of order, pero visto el aluvión de excelentes artículos publicados en la blogosfera sevillista, he preferido esperar y madurar las vivencias de la inolvidable jornada de gloria a mil kilómetros de Nervión antes de machacar el teclado.

Lo primero que me viene a la mente (en realidad, lo tenía pensado desde hace tiempo aunque algún colega se me haya adelantado), es que nuestro Sevilla es el amo -deportivamente hablando- del Siglo XXI. Una entidad, un equipo, que pasea su fútbol por esos campos de Dios en los tres últimos siglos, ha llegado a su tercera centuria para explotar en una década prodigiosa plagada de éxitos al alcance tan sólo de los más privilegiados. Debo dar las gracias a mis mayores por hacerme sevillista y al altísimo por permitirme vivir estos momentos con salud y con la capacidad económica y profesional necesaria para no perderme ninguno de estos hitos memorables. Estuve en Gelsenkirchen, en Eindhoven, en Mónaco por dos veces, en Glasgow y en Madrid, ahora también en Barcelona. Cómo me lo iba a peder. Pero no me olvido tampoco de Conil, Leganés, Cádiz o Toledo. Decían algunos que no había visto una final en mi vida, pues ya van siete, una, dos, tres, cuatro, cinco, seis y siete, y si Dios quiere, en agosto, serán ocho.


Llego a Barcelona a eso del mediodía del miércoles, 19-05, dígitos mágicos, como me decía Aurora, y me entero que nos alojamos en el mismo hotel que el Atlético de Madrid. Toma ya. El Hesperia Tower. Me subo al ascensor y se mete conmigo un futbolista de nuestro rival que si llega a ser Kun o Forlán, se lleva la uña del dedo gordo del pie negra para el Camp Nou. Bromas aparte, tengo que quitarme de enmedio como sea, que eso de compartir horas previas con los patéticos seguro que trae mal fario. Taxi para el puerto viejo, para almorzar en Barceloneta. Taxista de Donosti, futbolero hasta las cejas. Y te das cuenta de lo que se valora a nuestro equipo allende nuestra tierra. El tipo no tenía ninguna duda de que ganaríamos: "El Sevilla sabe jugar las finales, es mucho más fuerte mental y físicamente que el Atlético..." Cuánta razón tenías, amigo.



Almuerzo apoteósico en Barceloneta, terraza al mar, rodeados de aficionados rivales, presumiendo de sevillismo. Mi hermano Manuel, mi primo Antonio, escultor de copas de cartón-piedra para cada final, su padre Antonio, el trío de los Monge ... Comilona, con paella doble y brindis con cava para presagiar el triunfo. Sobremesa larga de la que no pude escaparme para echar un ratito con mis amigos de Radio Estilo (no sabes José Manuel cuánto lamento no haber podido entrar en antena, estoy deseando que me cuentes la experiencia ...). Vamos camino del estadio y presintiendo ya los grandes momentos que nos esperan. La afición sevillista rebosa por las calles anexas al coliseo azulgrana, caras alegres, ilusiones intactas... Cómo me acuerdo entonces del gol de Rodri en Almería, de su mirada de halcón, siguiendo la presa del balón, hasta cazarla y ponerla en las mallas. Como decía el gran Alvarado, ahí comenzamos a ganar la final.




Entramos en el campo de juego, y apenas podemos contener la respiración. Es un escenario magnífico, a la altura de los más grandes. Un escenario hecho para la victoria del Sevilla Fútbol Club. Respirando fútbol de otro mundo, con reminiscencias de aquella otra tarde de mayo, cuando el deporte rey quiso homenajearnos con un título uefo en el inigualable Hampden Park.




Y llega la hora de la verdad.

Barcelona se hizo Mónaco y el Luis II se convirtió en el Nou Camp. Nadie daba un duro por nosotros, salvo los sevillistas, como aquella otra vez. Igual que entonces, la puesta en escena estaba preparada para regalarle la copa a los otros: lugar, fecha, árbitro, incluso el guiño de la entrega del trofeo por el heredero a la corona, que ya sabemos de qué pie cojea.




Pero sale el Sevilla de las grandes citas, el Sevilla corajudo que todo lo puede, jugando la final que quería jugar, controlando el partido en todo momento, con clase, con fuerza, como no había sido capaz de hacerlo en toda la temporada. Gol tempranero como en Mónaco 25-08-06, zarpazo impensable de Diego Capel, y a esperar en la retaguardia. De vez en cuando, un latigazo a la contra, dándole tanza al rival, asfixiándolo en una red de túneles de almadraba hasta condenarlo a una muerte segura. Inmenso Renato, extenso Zokora, y los franceses de menos a más, viniéndose arriba con los minutos, como los toros bravos. Andrés haciéndose gigante dentro de su gigantismo, la madurez de Capel, el tesón de Luna, la divina excelsitud de nuestro Mesías ...



Nos falló el tanto de la tranquilidad, en la inmejorable ocasión que tuvo Negredo tras el tacón de Kanouté, y por eso sufrimos, aunque más en la grada que en el campo. Pasan los minutos, se crecen los nuestros, viene la ayuda de los banquillos, con una tangana que somete el partido a nuestro poder absoluto, aparece Romaric, rocoso y versátil como nunca, y en plena agonía por el final de los tiempos, el niño, el futbolista seise, Jesús el de los Palacios, el duende, se calza los patines de seis ruedas para deslizarse por la hierba, responde con un salto a una coz de un tal López, se eleva como una pluma ante la embestida de Domínguez, se planta ante el altar de la gloria y le hace un requiebro a la historia. Goooooooooooooooooooooooooool del que no tiene gol. Golazo de los campos de tierra en la carretera de Utrera. Metáfora de la ejecutoria de un club que sabe que la grandeza se consigue sacándola de sus propias entrañas.



Felicidades hermanos, alegrémonos, proclamenos nuestra orgullosa herencia por donde quiera que estemos, con clase, con respeto, con sabiduría. Sabed que este título ha escocido mucho. Tened en cuenta que algunos confiaban, se consolaban, e incluso proclamaban, que todo había acabado tras la etapa de Juande. Recuerdo que escribí sobre esto tras clasificarnos para la final aquella agónica noche de Getafe. No señor, tristes agoreros, no se había acabado. El "paréntesis Juande" fue una etapa fabulosa, sin duda, por la concentración irrepetible de éxitos que acumulamos, pero aquello no quita lo que ahora tenemos: un año penoso, lamentable, difícil, que ha terminado con una clasificación Champions y el quinto título copero.

Nos espera otro largo y cálido verano, disfrutando del fútbol, saboreando los triunfos en la memoria, luciendo orgullosamente nuestro sevillismo con la esperanza de más y mayores éxitos a poco que las cosas sigan haciéndose igual de bien y los palos que recibamos se reduzcan a lo justo y necesario.

2 comentarios:

  1. A tardado en recuperarse... la resaca... y no suelta dos postazos.

    Eso se llama "mono", a otro con lo de la resaca.

    Precioso análisis costumbrista.

    Y en verano, más.

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  2. Saludos.

    Si usted nos promete que tomándose el tiempo necesario y suficiente, que madurará los recuerdos y que tras unos días de reposo volverá a colgar delicias como ésta, yo le espero.

    Le espero cuanto sea necesario.

    Gracias, amigo.

    Cuídate que te quedan muchas finales que contarnos.

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