domingo, 28 de junio de 2009

Me confieso francisquista


Hace ya algún tiempo que se ha perdido, quien sabe hasta cuándo, la estirpe de los partidarios, el sabor de esas disputas dialécticas y no tan dialécticas entre los incondicionales de fulano y de mengano.

Queda lejos, por ejemplo, el recuerdo de los viejos taurinos y su rivalidad por José y por Juan, por Romero o Camino, incluso en nuestro mismo Sevilla, entre los acérrimos de Juanito Armet “Kinké” y los del trianero “Spencer”, o entre los seguidores del pujante Pepillo y los del veterano Juan Arza.

Que eso sí que eran escuelas de debate serias, en la universidad de Sierpes o en la del Sánchez-Pizjuán, y no el hemiciclo ese prefabricado de cartón piedra que tienen en Harvard, según creo, que parece una plaza de toros portátil.

Claro que este año, hay que reconocerlo, por poco conseguimos rememorar viejos tiempos a cuenta de las discusiones sobre nuestro entrenador Manolo Jiménez.

En fin, que en lo futbolístico, cómo no serán de mansas las aguas que bajan (con perdón), que incluso hemos dejado de lado la rivalidad con los de la acera de enfrente, empeñados ahora en tomar su particular bicarbonato, en forma de nuevas claves filosófico-sentimentales, con tal de digerir el potaje de los continuos éxitos sevillistas en España y en el mundo.

Lo de siempre.

Con todo, creo que es buen momento para confesarles que yo he sido partidario, seguidor, acérrimo, o como puñetas quieran llamarlo, del gran Francisco López Alfaro.

Sin duda que mi tío Antonio, a quien ya dediqué su espacio en este blog, tuvo mucha culpa de ello.

También la clase extraordinaria de este pelotero, no lo olvidemos, subcampeón de Europa y mundialista en México con la selección española, con veinte internacionalidades a sus espaldas desde un Sevilla modesto clasificatoriamente hablando, inquilino habitual de los puestos medios de la tabla.

Francisco, o el de Osuna, como le gustaba llamarlo el recientemente homenajeado maestro Araújo, la única voz amiga en la radio de aquellos tiempos, ha sido mi mayor debilidad como aficionado desde que tengo uso de razón, el jugador sevillista a quien más he admirado, a quien más he defendido, del que más esperaba, con el que más disfruté.

El ídolo de adolescencia, al que era capaz de ver una y otra vez en mis cintas VHS con los resúmenes de Estudio Estadio en el gol de Tejero, o aquel otro de Carranza, cuando dribló hasta a cinco defensas dentro del área, o la humillante “cachita” sobre Michel Platini en el mismísimo Parque de los Príncipes o cualquiera de sus paredes de seda con otro experto en magisterio balompédico, el profesor charrúa Pablo Javier Bengoechea Dutra.

Tengo muy fresca la imagen de Francisco liderando el centro del campo sevillista, como muchos de vosotros, aunque recuerdo especialmente, con enorme cariño, el partidazo extraordinario que se marcó la primera vez, de las muy poquitas, que asistí, acompañado de mi hermano Manuel, a ver a mi Sevilla en el Benito Villamarín.

Quiero contároslo porque en aquel momento, ciertas desavenencias entre los clubes de fútbol y las televisiones impedían no sólo la retransmisión de los partidos, sino incluso la de los resúmenes dominicales, así que en este caso particular, sólo quienes estuvimos allí, en el feudo verdiblanco, aquella gloriosa tarde, tuvimos el honor de contemplar la exhibición del ursaonense en la magnífica victoria del Sevilla Fútbol Club, por dos goles a uno, sobre el equipo de la Palmera.

La fecha exacta fue el 29 de octubre de 1984, la cuarta temporada con Manolo Cardo en el banquillo de Nervión.

Francisco había sido duda por una lesión de tobillo hasta el último momento. De hecho, debió superar una prueba física instantes antes de comenzar el choque sobre la misma hierba, al igual que Ricardo Serna, pruebas que pudimos contemplar in situ los sevillistas allí desplazados, y aunque ambos fueron titulares, ninguno se encontraba al cien por cien de sus facultades.

Recuerdo el camino a pie de la tropa rojiblanca desde la estatua del Cid hasta el campo heliopolitano, sin vigilancia policial, sin atisbos de violencia, en mi caso, con la nerviosera propia de un debutante, entonando cánticos sevillistas para reforzar nuestro ánimo, bajo el ritmo que marcaba el bombo del hoy jefe de comunicación Jesús Gómez.

La alineación de los nuestros estuvo integrada por Buyo; Nimo, Serna, Álvarez y Sanjosé; Francisco, Juan Carlos y Ruda; López, Magdaleno y Moisés. En la segunda parte, entraron José Luis y Juan Álvarez.

Vestíamos elástica, calzón y medias rojo sangre, de la marca Yama, una equipación especialmente elegante, al menos así me lo parecía a mí.

Además de Francisco, jugaron a gran nivel Jorge Orlando López, encargado de tapar las subidas por banda izquierda de Gordillo, y Curro Sanjosé, que anuló por completo a Rincón.

Sobre todo defensivamente, el equipo estuvo sobresaliente.



Con empate a uno en el marcador, el tanto de la victoria lo consiguió López en las postrimerías del encuentro. Los dos relevos de la segunda parte, Juan Álvarez y José Luis, combinaron a la altura del banderín de córner de la grada de fondo y el segundo de ellos lanzó un centro pasado sobre el área pequeña de los locales que se fue envenenando hasta superar a Esnaola, cuya “cantada” fue aprovechada por Lopecito para empujar la pelota a la red. Aquí está.

Comoquiera que atacábamos durante ese periodo sobre la portería de gol norte, la amplia hinchada sevillista que allí se dio cita pudo disfrutar de cerca de los goles de su equipo.

Y en especial del primero, una obra de arte al más puro estilo de la escuela sevillista de fútbol, hilvanada por las botas de Francisco y de ese otro genio sevillista inclasificable llamado Moisés Rodríguez Carrión, al que pronto habré de dedicar algún post en exclusiva.

La jugada la recuerdo tan nítidamente como si la estuviera viendo ahora mismo otra vez.

Moisés conduce la bola en tres cuartos de cancha atacante, y le tira una pared a Francisco mientras éste se abría hacia su izquierda.

El de Osuna le devuelve la pelota de tacón en posición inverosímil, rompiendo el intento de provocar el fuera de juego de los defensores verdiblancos, y queda Moisés sólo, en la corona del área, en mano a mano contra Esnaola, batiéndole por bajo en su desesperada salida.

La última imagen que tengo del gol es la pelota sobrepasando el cuerpo del vasco guardameta del Betis, pues la explosión de alegría de la grada me impidió contemplar el suave discurrir del esférico hacia la red. Fue un golazo como una catedral de grande.

Aquí os dejo una fotografía del momento cumbre de la jugada, el taconazo-asistencia de Francisco que sortea los tentáculos blanquiverdes para el gol de Moisés, que aparece tapado por detrás, esperando recibir la bola.

Es una foto preciosa que simboliza la estética propia de vencedores y vencidos. La tengo guardada desde el mismo día en que se salió publicada en ABC de Sevilla, hace ya nada menos que veinticinco años.

lunes, 22 de junio de 2009

El centrocampista de las marismas


El agro andaluz es ancho, también duro y reseco. El estío hace de las suyas, lleva haciéndolo siempre, impenitentemente, desde que el sol es sol, desde que el tiempo existe. Amarillea el paisaje, lo agrieta, exprime la tierra hasta dejarla en los huesos, sin alma, cuasi moribunda.

Y sin embargo la vida resurge, año tras año, Guadalquivir abajo, en perpetuo milagro, abriendo sus brazos en hídrico racimo, fluyendo como incansable arteria natural que riega con su sustancia los campos de Andalucía. Es el río grande del Sur, el padre eterno, el dios geológico que nace en la sierra y bulle en la marisma, el mismo que muere sin muerte en Doñana. El que siempre regresa, el que nunca se cansa, el que a nadie abandona. El que procura en derredor su generosa abundancia.

El agro andaluz ha forjado grandes historias, también grandes mitos, ha sido utilizado y maltratado, sobre todo políticamente, pero ello no arrastra a sus figuras insignes, hombres y mujeres anónimos, rectos, sencillos, cargados de inmensa humanidad, que eso es mucho, oigan. Gentes de bien, humildes, curtidas en el sudor y en el trabajo, en la paciencia y en el silencio, en el sacrificio y en la soledad, atrapados por su suerte, alimentados íntimamente, muchos de ellos, sobre todo los más jóvenes, por la fe y la rabia en un sueño, prácticamente lo único que les quedaba.

Uno de estos campesinos, hijo de la sevillana Puebla del Río, un labriego adolescente de apenas metro sesenta de estatura, improvisado padre de familia y jornalero por necesidad, llegó a cumplir su particular sueño.

Vivía para ganarse la soldada en el campo, sobre la hierba, a pie de pastos, a base de sangre, sudor y lágrimas, empero sin azada y sin rastrillo. Recolectando goles como quien siega espigas, con una pelota de cuero en los pies. Y a fe que lo consiguió.

Enrique Lora Millán, cual Guadalquivir redivivo, se hizo futbolista a fuerza de generosidad, de una entrega sin límites, de vaciarse hasta quedar extenuado, de ese no volver la cara nunca y morir con las botas puestas, con la honestidad por bandera, esa honestidad que caracteriza a los que se calzan la blanca y prístina camiseta del equipo de Nervión.

Otros más señoritos –Eloy, Acosta, Julián Rubio, etc.- podían lucirse en el campo, y llevarse los olés de la grada, gracias a que Enrique luchaba y corría, corría y luchaba, arriba y abajo, por y para ellos, ofreciéndose siempre, dándose sin escatimar un esfuerzo, sin reservar energías, poniendo la otra mejilla por cualquiera de los suyos.

Corazón impetuoso en el terreno de juego, y auténtico alimentador de carga, con muchos voltios en los músculos, pocos futbolistas de las limitadas cualidades técnicas de Enrique Lora han acaparado más elogios y alcanzado cotas tan altas en el estrellato del fútbol nacional e internacional.

Eugenio D’Ors dijo de él que era un sensacional jugador de club, “un futbolista de raza, puramente celtíbero, por su temperamento y porque lo da todo en el terreno de juego”. Juan Tribuna le llamó conforme reza el título de este post. Alguien le apodó también el futbolista con botas de siete leguas y un seleccionador nacional rival preguntó en cierta ocasión si llevaba un motor adaptado.

Cuando uno ve el circo en que se ha convertido el fútbol actual, y el amaneramiento de esos jugadores-modelos, tipo Beckham o Cristiano Ronaldo, que andan más pendientes de una pose fotográfica que de hacer una pared, no puede evitar una cariñosa sonrisa al recordar cómo Enrique Lora llegó a cortarse de un tijeretazo el flequillo en el descanso de un partido internacional, porque le estorbaba en su desempeño sobre el campo.

Todo lo que consiguió, primero su sitio, luego la admiración de los demás, fue por convencimiento, por constatación, demostrando su valía cada domingo, cada partido, a todos aquellos incrédulos que, como Santo Tomás, no reconocían sus bondades hasta haberlo calado.

Nadie le regaló nada.

Fue catorce veces internacional absoluto por España, muchas de ellas pese a militar con su equipo en la segunda división, callando las bocas de los más afamados cronistas deportivos del país. En esa época, prácticamente él sólo mantenía el prestigio del Sevilla a lo largo y ancho de la España futbolística.

Capitán muchos años, veterano prácticamente desde que debutó, respetado y querido por los compañeros, en el Sevilla y en la selección, ídolo a fuego de la afición sevillista, aunque le costara entrar en el grupo de los predilectos.

Ciertamente su salida del club no debió ser tan ingrata, una vez consolidado el Sevilla nuevamente entre los grandes, pero aún tuvo arrestos para darle al Recreativo de Huelva su primer ascenso a la división de honor.

Hoy que tantas estrellas de postín, dotadas de las máximas habilidades y virtudes técnicas, visten la elástica nervionense, merece la pena pararse a reflexionar sobre figuras de un ayer no tan lejano como Enrique Lora.

Conviene no olvidar lo que representaban, y lo que representan, lo que les llevó a ser grandes, dentro de la modestia, en la historia, larga y fecunda, del Sevilla Fútbol Club.

Esperemos que el viento de los recientes éxitos deportivos de nuestro Sevilla, ese auténtico vendaval de grandeza, no borre su huella, ni la de aquellos que, como él, fueron piezas determinantes para la supervivencia deportiva de nuestro club en tiempos mucho más duros y difíciles que los que, a Dios gracias, hoy nos contemplan.

Papirofútbol III - Invasión rojiblanca



Coincidiendo con mi aniversario de boda, 23-J, el Sevilla Fútbol Club tuvo el bonito detalle de regalarnos un nueva copa, la que nos faltaba, esa que decían los otros que sólo ellos tenían, confundiendo interesadamente, como siempre, título y trofeo. Aquel día, más allá de la victoria en sí, jamás lo borraré de mi memoria, pues tuve la suerte de presenciar el mayor despliegue público que imaginarse pueda apoyando un equipo de fútbol, noventa mil almas rojiblancas, la inmensa mayoría de ellas desplazadas desde muchos kilómetros de distancia, arrasando con su alegría y su clase sin igual la capital del Reino. Feliz aniversario, Sevilla. Y gracias.





martes, 16 de junio de 2009

El Sevilla no cae simpático


Os pongo el enlace con mi último post para Columnas Blancas, que podéis leer haciendo click aquí.

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miércoles, 10 de junio de 2009

La delantera de cristal

De izqda. a dcha., Agüero, Diéguez, Loren, Pereda y Segurola.


A lo largo de sus más de cien años de vida, el Sevilla Fútbol Club ha combinado momentos de extraordinaria eficacia goleadora con etapas prolongadas de angustiosa sequía ante la puerta rival.

Históricamente, los picos de gloria disfrutados por el sevillismo están asociados al poder demoledor de grandes delanteras, más que a la seguridad defensiva de nuestra escuadra. Así, mientras que equipos de talla mundial como el Inter de Milán, el Estudiantes de la Plata y el Liverpool, o en España, el Valencia, el Deportivo de la Coruña y el Betis, han disfrutado de sus mejores triunfos fundamentados en la solidez defensiva, nuestro Sevilla se alinea entre los clubes cuyo éxito deportivo ha estado basado, con carácter principal, en la capacidad anotadora de su vanguardia.

Recordemos, así, en primer término, a la “línea del miedo”, aquel quinteto formado por Escobar, Spencer, Kinké, León y Brand, creadores de la admirada escuela sevillista de fútbol, injustamente despojados en los despachos del galardón copero de 1.921, primero que debió subir a las vitrinas hispalenses.

De izqda. a dcha., Escobar, Spencer, Kinké, León y Brand.


Inmediatamente después, la delantera “stuka”, compuesta por López, Pepillo o Torróntegui, Campanal, Raimundo y Berrocal, campeones de España en 1.939, y subcampeones ligueros en 1.940, responsables asimismo de las mayores goleadas registradas en la estadística nervionense, como aquel célebre 11 a 1 frente al F.C. Barcelona.

De pie, de izqda. a dcha., Ricardo, Félix, Guillamón, Campanal, Fede y López.
Agachados, en el mismo orden, Alcázar, Villalonga, Berrocal, Torróntegui y Raimundo.


A la “stuka” le sucedería otra delantera de postín, integrada por López, Arza, Araújo, Herrera y el recientemente fallecido Campos, campeones de liga bajo la batuta de Ramón Encinas, en la primavera de 1.946.

De pie, de izqda. a dcha., Alconero, Antúnez, Eguiluz, Busto, Joaquín y Villalonga.
Agachados, en el mismo orden, Arza, López, Araújo, Herrera y Campos.


Después, en los años setenta, Scotta, Montero y Bertoni, y en la actualidad, los vigentes tricampeones europeos, Kanouté y Luis Fabiano, con Jesús Navas y Adriano o Diego Capel, como fieles y generosos ayudantes.

Por el camino también grandes atacantes individuales como Liz, como Pepillo, el melillense, Baby Acosta, Polster, Zamorano, Suker y algunos otros más.

Sin embargo, a finales de la década de los cincuenta y principios de los sesenta, una singular delantera sevillista causaba furor en las canchas españolas.

Ciertamente, no logró ningún éxito deportivo en forma de títulos, pero sí dejaría honda huella en la memoria del aficionado, con el recuerdo de asombrosas goleadas al Real Madrid, Athletic de Bilbao, Valladolid, Betis o Atlético de Madrid.

Me estoy refiriendo a la “delantera de cristal”, apelativo que hacía razón a la finura, brillo y delicadeza del juego que practicaban sus componentes, al servicio de aquella maquinaria engrasada que era el Sevilla de Luis Miró.


Agüero, Diéguez, Antoniet o Loren, Pereda y Szalay.

O lo que es lo mismo, un paraguayo, un argentino, tres españoles y un húngaro, jugadores todos ellos extraordinarios, poseedores de una técnica exquisita, que forman parte de la leyenda más imperecedera del equipo de Nervión.

Era aquel Sevilla un equipo que estrenaba medias blancas con vueltas rojas, camiseta y pantalón inmaculados, escudo aún bordado sobre el pecho, en el que Marcelo Campanal apuraba sus mejores reservas de fuel, y que respiraba oxígeno puro en las piernas de aquella dupla central, percal y seda a partes iguales, que integraban Achúcarro y Manolito Ruiz-Sosa.

Era también aquel Sevilla que empezaba a olisquear las miserias económicas de un estadio a medio construir, y que doblaba la esquina de una transición casi eterna por el limbo futbolístico, sin gloria, sin títulos, sin esperanza casi, que llevó a una vulgarización institucional que por poco lo iguala a sus enemigos más débiles.

Aquellas estrellas apenas duraron juntas un año. Agüero fue traspasado al Real Madrid, Pereda y Szalay al F.C. Barcelona. El rondeño Loren finiquitaba su segunda etapa sevillista, tras su paso por el Granada. Al poco se despedía Campanal y el coriano Ruiz-Sosa tomaba rumbo a la ribera del Manzanares, como el pujante Paco Gallego hacía lo propio hacia las Ramblas barcelonesas.

Sin embargo, cuántos niños -¿verdad pregonero Barbeito?- soñaban con emular a aquellos héroes, cuántos goles de barrio cantados en nombre de aquellas figuras, cuántas remembranzas de otros tiempos parecían desfilar de nuevo ante los ojos de nuestra impávida gente.

Con ellos, con la delantera de cristal, volvió el espectáculo al Ramón Sánchez-Pizjuán, y la certeza de la victoria, como en los gloriosos cuarenta, o hace tan sólo unos años, con la sola incógnita, eso sí, para nuestros parroquianos, de si aquellos superclases serían capaces de mantener cada domingo su particular “tarifa plana” de cuatro goles la jornada.

lunes, 8 de junio de 2009

El Papi Magase tiene un problema


Papi Magase es un bloguero sevillista.

No le conozco de nada pero tiene un blog por el que derrama su sevillismo.

Usando sus propias palabras es un hermano sevillista.

Y tiene un problema. Busca trabajo. Así nos lo anuncia en su blog (lean aquí).

Sé que habrá muchísimos más sevillistas en su situación, e incluso algunos estarán peores que él, pero ha tenido la valentía –yo quizá en su lugar no lo hubiese hecho- de contarlo públicamente.

No tengo ni la más remota idea de cómo ayudarle, sólo sé que debo escribir este post. Y escrito está.

¡Suerte Papi!¡Suerte hermano!

NOTA: !!Hace paellas de Champions!!

No cuenten conmigo


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jueves, 4 de junio de 2009

Aquel golazo increíble de Curro Sanjosé


Fue el 6 de noviembre de 1.977, en el Ramón Sánchez-Pizjuán, en partido liguero vespertino, como siempre era antes, contra el eterno rival.

Por aquellos tiempos, dicen aún hoy nuestros vecinos, el segundo equipo con estadio en la Palmera de esta ciudad contaba con la mejor escuadra de su historia, Esnaola, Cardeñosa, Gordillo, Mühren …, por cierto, todos ellos, elementos que se retiraron del fútbol activo, tras larguísimas temporadas en verdiblanco, sin conocer las mieles de la victoria liguera contra el Sevilla Fútbol Club en el coso de Nervión.

Nuestro Sevilla de entonces estaba entrenado por Carriega, y se encontraba en pleno proceso de consolidación de su plaza entre los mejores equipos de España, recuperada la temporada anterior, tras varios años de purgatorio en segunda. Era aquel Sevilla de Eugenio Montes en el palco, y grandes figuras de la casta y el coraje sobre el césped, como Paco, Gallego, Blanco o Sanjosé, protagonista de nuestra hazaña.

Francisco Sanjosé García, Curro Sanjosé, o simplemente Currili, era y es uno de esos tipos imposibles de encasillar, por mucho que algunos quisieran tacharlo de duro. “Nunca he lesionado a nadie” le he leído en alguna entrevista, y efectivamente así fue. En realidad se trataba de un futbolista, de una persona, todo corazón, hecho de hierro y nobleza a partes iguales, con biotipo del sur, único en su singularidad, producto exclusivo de la cantera sevillista, tan distinto y genuino como Enrique Lora o Jesús Navas, por poner dos ejemplos diametralmente opuestos, pero igual de eficaces, cada uno en su época.

Curro Sanjosé encarna en mi memoria el recuerdo de aquel fútbol artesano de los setenta, con escudos y números cosidos a la camiseta, adquiridos en Deportes Arza, pelota de cuero con pentágonos rojos y blancos, albero rubio alrededor del césped, militares de uniforme y niños con gafas de pasta, escasísimas señoras, puros habanos, pictolines, pipas, transistores al oído y marcador simultáneo, banderas recogidas a modo de capirotes botando en la grada baja de gol norte, y cánticos de guasa ya casi arrumbados como “míralo, míralo, ya se han mosqueao…” o aquella sevillana que empezaba entonces a sonar: “…soñaba Cardeñosa con ser Montero…”





Entre las cualidades de aquel gran lateral, antecesor y maestro en el campo de nuestro entrenador de hoy, Manolo Jiménez, me quedo con dos.

La primera, esa forma irrepetible de controlar el balón con el pecho, en cuclillas o incluso hincado de rodillas en la hierba, amortiguándolo, durmiéndolo, para salir con él controlado, mirando al frente, mandando a su gente “palante”, con ese gesto tan suyo de levantar el brazo izquierdo hasta el cielo.




La segunda, su terrible disparo con la zurda, ese auténtico mortero endiablado, sólo superado por la pegada de acero de Scotta, que nos daría muchos tantos, y decisivos puntos, a lo largo de toda su carrera, con el enorme mérito que ello tiene, siendo defensa, y en el fútbol de entonces.

Uno de aquellos obuses significó la victoria sevillista, una más, aquella tarde de otoño, que guardo dulcemente en la memoria. El partido estaba atascado, por la defensiva táctica visitante, y nuestro Sevilla, con el talón de Aquiles de su ineficacia goleadora, no lograba encontrar los caminos hasta la puerta de Esnaola.

Es el minuto 8 del segundo tiempo, y el Sevilla sale a la contra. Currili acaba de recibir la bola de Julián Rubio, aún en su parcela, y sale conduciendo con su zurda, avanzando, con leves toques de tanteo, y recién cruzada la línea del mediocampo, a la altura del banquillo visitante, casi sin pensárselo, se decide a lanzar un zambombazo en busca del gol imposible, a cuarenta metros de distancia de la portería rival, confiado en la potencia de su disparo. El esférico vuela como un relámpago, zigzaguea en el aire, y se incrusta en las redes verdiblancas, ante el asombro de los visitantes y la alegría, la inmensa felicidad de la grada nervionense, que rompe a cubrirse de blancos pañuelos celebrando la inmensa belleza del gol.






Treinta años más tarde, saliendo del Philips Stadium, de Eindhoven, la noche del 10 de mayo de 2006, iba con mi hermano, mis primos, mis amigos y allegados, bajando las escaleras de un vomitorio, embriagados ya con la felicidad del sueño europeo alcanzado, y la primera persona que nos encontramos, fue ¿lo adivinan?

Francisco Sanjosé García, Curro Sanjosé, quién mejor para inaugurar esa noche de eternos abrazos.

Recuerdo que le pedimos una instantánea, para inmortalizar el momento, que podéis ver a continuación. En el instante de posar, situándolo en el centro, uno de nosotros le susurró al oído: “Curro, tú has sido nuestro ídolo de pequeños…”

El resultado, ahí lo tenéis, no necesita comentarios, lágrimas de pura emoción que reflejan la inmensa humanidad de esta gran figura sevillista de todos los tiempos.


lunes, 1 de junio de 2009

A hombros hasta la Gran Plaza



Aquella mañana plomiza de invierno, el joven Alhaji se despertó dulcemente, con un feliz presentimiento:

- "Algo grande puede suceder hoy" –pensó.

Respiró profundamente, como quien bebe de un trago una copa de whisky, para sentir cada centímetro cúbico de oxígeno recorrer su anatomía. Sus biorritmos marcaban las coordenadas precisas, aunque él simplemente sentía que se encontraba genial, despejado, poderoso y liviano, a la vez:

- "Pablo –dijo a su inseparable compañero de habitación, Pablo Blanco, que dormía a su lado-, creo que hoy voy a formar un lío, lo presiento."

- "Siempre dices lo mismo y luego…. Cállate y déjame dormir, que aún es temprano."

- "En serio, jugamos por la mañana, como cuando era niño, en mi tierra… Estoy seguro que se verá al mejor Biri."

- "Vaaaaale, a ver si es verdad."

A las doce de la mañana de aquel 16 de febrero de 1975, estaba programado el partido de la segunda división española entre el Sevilla Fútbol Club y el Rayo Vallecano. Los sevillistas estaban lanzados en pos de recuperar su sitio en la división de honor, bajo la férrea mano de Roque Olsen, aquel argentino con pinta de espía germano especializado en ascensos, que vino a implantar la disciplina que necesitábamos para el salto de categoría. Nervión estaba aún medio a levantar, pero la afición seguía entera, más combativa que nunca, a lado de los suyos.


Entre los aficionados destacan unos jóvenes entusiastas que se juntan en la grada baja de gol norte para animar sin descanso al equipo de sus amores. Llevan casi un año reuniéndose espontáneamente con el fin de apoyar a los jugadores, llueva, truene o relampaguee. Ganar o perder, es lo de menos. El Sevilla lo es todo, su razón de ser, su pretexto vital. Se habla ya entre ellos de constituir formalmente una peña. “Dale al balón”, una expresión muy popular en aquellos momentos, parece el nombre más aceptado por los chavales.

El partido comienza con todos nuestros protagonistas al pie del cañón, Blanco y Biri en la hierba, fajándose el primero, como siempre, derramando fantasía el africano, un espectáculo en cada salto, en cada malabarismo. Los chavales del gol norte, en la grada, animando, cantando, botando sin parar. Pronto las cosas ruedan bien. El equipo local gana, son dos puntos importantes. En el luminoso rojo de Orient parpadea un cómodo dos a cero. Alhaji está jugando un gran partido, tenía razón, pensó Blanco, le está saliendo casi todo.


Pero llega el minuto treinta y seis de la primera parte, y todo se quiebra por obra de la divinidad. Surge la magia, el chispazo totémico, el hechizo urdido en las ancestrales tierras del África negra, la cacería del balón por el hombre, burlando a los enemigos que le acechan en sigilo, la pelota elevada suavemente, suspendida en el aire, a cámara lenta, volando en silencio para refugiarse en las redes, cumpliendo esa inexorable ley de la naturaleza, la del triunfo del más poderoso, la de la supremacía de la inteligencia, rendida al servicio de un objetivo universal, el gol.

Aquel joven gambiano, que ya era ídolo de Nervión casi desde su misma llegada -aunque algunos se rieran de él, como también luego hicieron con Daniel Alves-, puso patas arriba la grada, forzando una salida a hombros de tres orejas y Puerta del Príncipe, en volandas de aquellos chavales del gol norte, que decidieron, casi sin saberlo, en aquel mismo instante, inmortalizar para los restos la memoria de aquel atleta sin par, poniendo su nombre a la peña más universal del Sevilla Fútbol Club, cantera de fieles donde las haya.

Vicente Flores, genial artista de filias tan alejadas a las nuestras, fue sin embargo capaz de captar e interpretar como nadie la grandeza y la intimidad de aquel fugaz instante.

Aquí está, para la posteridad.

Nota post Entry.- Este post no habría sido posible sin la magnífica entrevista realizada por Jesús Alvarado y sus colaboradores al gran Biri-Biri en “Quédate a mi lado” de SFC Radio. Gracias.
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