viernes, 29 de mayo de 2015

Mi final

Esta vez fue distinto, siempre lo es, aunque de otra manera.

Lo habíamos hablado, no hace tanto.

Habíamos bromeado incluso sobre la hipótesis de una hazaña más de nuestro equipo, con la inocencia de quienes no esperan otro regalo así, uno más, para la fidelidad de toda una vida.

Y todo fue muy extraño, familiarmente ajeno.

Sin ti, esta vez, fue todo distinto.

Tú y yo lo sabíamos, lo sabes.

No pudiste viajar con nosotros a Holanda, pero estabas presente, allí, con los tuyos, en nuestras cabezas, en nuestros corazones, en nuestro orgullo de pasear Sevilla por la cima del fútbol.

Y nada más terminar la fiesta en el Philips Stadium, del que no queríamos irnos, del que no podíamos separarnos, te llamé por teléfono para fundirnos en un maravilloso abrazo a 2.000 km de distancia. ¿Te acuerdas?

Ayer tampoco viniste, ayer no formabas parte de ese ejército carnal que atravesó media Europa para cumplir su sino.

Estuviste presente, una vez más, como siempre.

Pero no pude hablar contigo al terminar el partido.

No pude fundirme contigo en un abrazo como hicimos en Mónaco, Glasgow, Madrid, Barcelona o Turín.

Nunca los goles en rojo y en blanco fueron más tristes que los de anoche, los que nos coronaron nuevamente como gigantes tras una gesta sin par.

Por ti fueron mis lágrimas, por ti mi tristeza más profunda en otra noche de gloria.

Por ti me sentí solitario en el centro de ocho mil almas sevillistas locas de entusiasmo y pasión.

Por ti son estas líneas que casi no puedo escribir.

Por ti, Antonio, otra vez, tu Sevilla, alcanza el cielo.

Para estar cerca de ti.

Ahora que nuestros héroes pueden oírnos, grita conmigo:

—CAMPEONES, CAMPEONES, OÉ, OÉ, OÉ …


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