martes, 29 de diciembre de 2009

Paco de Lucía y el Sevilla


Iba a publicarlo ayer, pero temí que os lo tomárais como una inocentada, así que lo reservé para hoy, para no levantar suspicacias.

La foto que encabeza el post lo dice todo. El maestro algecireño a la guitarra, junto a la bandera del Sevilla Fútbol Club.

Ocurrió el 21 de enero de 1975, en el Restaurante Río Grande, en una cena organizada por nuestro Sevilla para la Agrupación Española de Periodistas Deportivos, que celebraba en nuestra ciudad su XIII Asamblea Nacional.

El Presidente sevillista, Eugenio Montes Cabeza, tomó la palabra a los postres, dando la bienvenida a la ciudad a los profesionales de la prensa, expresando "la ilusión y el calor que el Sevilla pone en este acto para corresponder a las singulares muestras de afecto que siempre ha demostrado la prensa deportiva para con la historia y el nombre del club decano de la ciudad de la Giralda."


Cómo han cambiado los tiempos, en cuanto al periodismo se refiere, por supuesto, porque el Sevilla Fútbol Club sigue demostrando su señorío de bien dando permanentemente un trato ejemplar a muchos periodistas de carné que maltratan sistemáticamente el presente y la memoria de nuestro club, llegando incluso al extremo de homenajear a un amargado como Peris, deportivamente hablando, que no cesa de vomitar su basura, incluso para glosar el fallecimiento de uno de los nuestros. No había otra manera de acordarse de Ruiz-Sosa en el día de su muerte, ¿verdad Peris?. Lo único importante al hacer un resumen de su vida era que Del Sol, según tú, se le atravesaba, ¿no? A eso se le llama periodismo con clase. A ver si te jubilas ya de verdad, y te metes esas cositas que escribes con tanto cariño por donde proceda.

En fin, sigamos con lo nuestro, y dejemos a estos tipejos que se reconcoman de su envidia y su odio. Nos dicen las crónicas que el Presidente de los periodistas deportivos, D. José María Lorente, y el mandamás sevillista, se intercalaron sendas placas de plata, como recuerdos de tan entrañable convivencia, agradeciendo el primero al club, en cálido discurso, las atenciones recibidas, anticipando "la satisfacción de todos los periodistas españoles por el inmediato retorno del Sevilla a la categoría que, deportivamente, le corresponde." Hay que recordar que aquella sería la temporada del ascenso con Olsen, después de tres cursos consecutivos en Segunda División.

"Después surgió la sorpresa. A sus anteriores atenciones, el Sevilla uniría a continuación el regalo excepcional de la actuación de Paco de Lucía, quien, en otro de los salones, elegantemente exornado, deleitó a todos con un brillantísimo recital de guitarra flamenca, de más de una hora de duración, al final del cual el genial artista fue acompañado por su hermano, Ramón de Algeciras, culminando de esta forma una velada gratísima que dejó muy en alto la proverbial hospitalidad y señorío del Sevilla C. de F."

Y es que los grandes saben hacer las cosas a lo grande, y rodeándose de los mejores, en cualquier contexto o en cualquier ocasión.

sábado, 26 de diciembre de 2009

Manual de Sevillismo


"Yo puedo leer El Quijote y tener envidia de cómo Cervantes ha podido escribirlo, pero aquí no hay envidia, hay desprecio a todo aquello que haga tu vecino" (Fernando Fernán Gómez)

Completísimo, con setenta y dos lecciones de un Maestro de las letras sevillistas, un libro de texto imprescindible para la memoria de lo vivido en los tres años más importantes de nuestra vida en blanco y rojo, los de nuestro particular “risorgimento”.

En apenas ciento cuarenta y tres páginas, que se hacen cortas, cortísimas diría yo, el autor nos encamina a un repaso magistral por asignaturas básicas del sevillismo, que van desde la geografía y la historia a la filosofía, pasando por las artes y, por supuesto, la religión.

En términos bibliográficos, el Sevilla Fútbol Club tiene aún pendiente su Gran Libro de Historia, libre de inexactitudes y de falsas leyendas, sin que ello suponga desmerecimiento alguno para obras excelentes, como las de Arturo Otero, Juan Tribuna o Cervantes y Enríquez, fundamentalmente, pero en todas ellas falta el apéndice necesario de lo sucedido en aquellos gloriosos años, 2005, 2006 y 2007, y lo que está por venir. Me consta que más pronto que tarde, una fantástica iniciativa de algunos de nuestros más insignes investigadores verá la luz, y paliará de alguna manera este tremendo vacío, además de añadir nuevos cimientos a la estructura biográfica sevillista.

Hasta ahora no teníamos tampoco nuestro catecismo, la biblia de los sentimientos del sagrado club de Nervión, ese Corán, en términos de un talibanismo contenido (si es que ello es posible para los que sentimos igual), al que aferrarnos en los momentos más difíciles para saber lo que somos, de donde venimos, y lo que siempre habremos de ser. Y también para gozarlo detenidamente en los días felices, cuando la nostalgia quiera invitarnos a recordar lo grande que fuimos entonces, lo inmenso de nuestro sentir.

Este pequeño libro, auténtico tratado de sevillismo a flor de piel, viene a completar esa santísima trinidad de la pasión blanquirroja de la que forman parte también joyas eternas como el himno centenario de Labandón y la voz pregonera de Antonio García Barbeito.

Recomiendo, pues, fervientemente (nunca he utilizado mejor este adverbio) esta antología de “pedazos del corazón”, como lo califica el propio responsable del asunto, Jesús Alvarado. Aquí tenemos su palabra, su voz, en esos ríos de tinta que fluyen como la sangre roja que tiñe el Cielo de su portada.

Y aviso a navegantes: no se trata de enaltecer a un amigo, apenas conozco a Alvarado, pese a estar familiarizado, como muchos de vosotros, con su obra. Esto va de reconocer el trabajo bien hecho, el talento, el valor, la fuerza de alguien que le ha dado a nuestro Sevilla mucho más de lo que le habrá restado (si es que algo le ha restado).

Gracias Jesús, no cambies. Y quédate a nuestro lado todo lo que quieras.

jueves, 24 de diciembre de 2009

AyH os desea lo mejor


Con un inevitable guiño al pasado, a ese Ayer que es auténtica marca definitoria de esta casa, aprovecho para desear a todos los lectores felices fiestas, bajo los augurios de la preciosa tarjeta navideña que, hace aproximadamente veintiséis años, ocupó la portada de la revista Sevillismo en estas mismas fechas.


E inevitablemente también, como parte de este Hoy que vivimos intensamente, os dejo una imagen del Belén de mi casa, en el que no podía faltar un pequeño detalle para la esperanza, en forma del regalo que al Niño de Dios (sevillista por supuesto), podría depararle el porvenir, esa Copa maravillosa con cintas blancas y rojas que nos queda por besar.

¿No es tiempo éste de ilusión? Que no se diga. Somos del club que convierte los sueños en realidad.

domingo, 20 de diciembre de 2009

El año de las cuatro veces


Ahora que es tiempo de villancicos y remembranzas, me ha devuelto el azar de la memoria, desde el fondo de la pista, como si de un passing shot de Nadal se tratase, el recuerdo adolescente de un estribillo navideño y su particular soniquete, convertidos a la guasa sevillana por obra y gracia de los Biris de entonces.

Tenemos que remontarnos a la temporada futbolística 1982-83, y aquella letra, encajada como un guante a una mano en la sintonía de “Los peces en el río”, decía lo siguiente:

“…Pierden y pierden y vuelven a perder,
primero con Dunai y ahora con Marcel …”

Para su adecuada comprensión, entiéndanse a Dunai y Marcel como Antal Dunai y Marcel Domingo, técnicos húngaro y francés, respectivamente, del equipo de la barriada de Heliópolis, en aquella misma temporada.

Y es que aquel año fue el de la borrachera de derbis, en sevillista, por supuesto, nada más y nada menos que cuatro partidos de rivalidad local se disputaron, y en los cuatro, en cada uno de ellos, dos en casa y dos como visitantes, pasamos por la piedra a los verdiblancos, dándoles una lección de fútbol desde la A a la Z.

Los resultados parecían un número de teléfono de la época, 1-2, 2-0, 0-2, con el prefijo 2-0, poniéndole colofón a una trayectoria magnífica que culminó con una brillantísima clasificación, por segunda vez consecutiva, y de manera directa, para disputar nuestra querida Copa de la UEFA. De hecho, hasta que llegaron los felices tiempos que ahora disfrutamos, aquella fue sin duda la mejor temporada futbolística para los sevillistas de mi generación.

Lo cierto es que teníamos un equipo extraordinario construido sabiamente por Manolo Cardo, apodado por algunos, “Comebetis”, con la mezcla perfecta de canteranos y forasteros, en el que quizás flojeaba la delantera, aunque todavía estaba Santi en plena forma, antes de que N’Kono lo pasaportase al retiro.


La alineación-tipo solía ser la formada por Buyo, bajo los palos. Una defensa excelente, con Nimo, Serna, Álvarez y Sanjosé. Centro del campo para Francisco, Pintinho y Juan Carlos, con López, Magdaleno y Santi en la punta de ataque. Casi como jugadores número doce, eran también habituales Ruda, Montero, Moisés, Blanco y, en menor medida, Rivas, César o Curro. Fugazmente empezaban a participar canteranos de nuevo cuño como José Luis, Gervasio, Ramón o Manolo Jiménez.


El técnico coriano supo aprovechar algunos de los elementos del Sevilla de Muñoz, apuntalando el once con dos canteranos de oro puro, como eran Francisco López Alfaro y Ricardo Serna. Montes Cabeza se frotaba las manos por fin desde el palco, después de tantos años quedándonos con la miel en los labios.

En el rival, jugaban todos los que ellos consideran sus máximas figuras de todos los tiempos, Esnaola, Cardeñosa, Gordillo, Rincón, Ortega, Diarte y algunos elementos exóticos como Peruena o el inglés Peter Barnes, el tío más blanco que he visto en toda mi vida, incluso más que Poulsen, y que aportaba un toque de humor inestimable a los partidos (cuando jugaba, claro).

El primero de aquellos cuatro enfrentamientos fue liguero, en el Benito Villamarín, el 2 de enero de 1983, con arbitraje de Soriano Aladrén. Vencimos por uno a dos, remontando con goles de Santi y López (ver imagen inferior) el tanto inicial de los béticos, conseguido de penalti por Cardeñosa, después de una teatrera caída de Rincón en el área. Además de ese penalti injusto, nos anularon indebidamente un tercer tanto, obra de Juan Carlos, que debió redondear el marcador para reflejar la tremenda superioridad de los nuestros. Aquí tenéis el enlace con un video-resumen del partido, subido a Youtube por Escorpio500, a quien recomiendo visitéis.


El segundo partido, celebrado justo un mes después, se enmarcaba dentro de los octavos de final de la Copa del Rey, y celebróse en feudo sevillista, con clara victoria por dos a cero, goles de Serna y nuevamente Santi, que dejaban bien encarrilada la eliminatoria. Hemos de recordar que en aquellos tiempos, aún no tenían valor doble los tantos conseguidos en campo contrario.


Un servidor se encontraba en la grada baja de Gol Norte aquella fría noche del 2 de febrero de 1983, y recuerda no sin cierta mofa nostálgica, que el tanto del central sevillista, en aquella portería, lo hizo rematando con el culo (ver imagen inferior).


El tercer encuentro fue la vuelta copera en el campo municipal pagado por todos los sevillanos que el Ayuntamiento tuvo a bien obsequiar al club bético a dedo, por precio inferior a lo que costó el Carranza, y aproximadamente el 20% del costo inicial del Sánchez-Pizjuán (sin grada alta en los goles), precio por cierto cuyo pago nadie ha justificado hasta la fecha.


Fue la noche del 23 de febrero de 1983, que todos recordamos por la brutal, salvaje entrada del “Lobo” Diarte a José Luis Ruda (ver imagen inferior), cuando los nuestros ya estaban toreando al equipo local con un rotundo cero a dos en el palomar, y humillantes gritos de olé en la grada, entre los valientes sevillistas que acompañaron al equipo.


Paradojas de la vida, aquella agresión no afectó a la carrera del sevillista, hoy miembro de la secretaría técnica blanca, pero acabó con la de aquel paraguayo que, cuando llegó a Heliópolis, ya había gastado sus mejores energías en el Zaragoza y en el Valencia.


Los goles los hicieron Santi, desde el punto fatídico (ver imagen inferior), y Francisco. Durante el encuentro, el árbitro Urío Velázquez recibió un golpe con un objeto lanzado desde la grada.


El último choque de este póker de triunfos se jugó en el Ramón Sánchez-Pizjuán, el 1 de mayo de 1983, y servía para poner el cierre a la temporada liguera en casa. Victoria por dos a cero, con goles de Juan Carlos y Carlos Alberto Gomes, “Pintinho”, este último de penalti (ver imagen inferior).


Aquella tarde, el brasileño ensayó por vez primera una forma muy peculiar de lanzar penas máximas, sin tomar carrerilla, levantando la pierna derecha para el golpeo muy arriba, como si fuera un palo de golf, buscando la colocación del esférico cerca de cualquiera de los ángulos. La ejecución fue perfecta, a la escuadra, y Esnaola, al que muchos querían atribuir poderes mágicos para detener penaltis, solo pudo seguir la trayectoria del tiro con la mirada, haciendo la estatua. Aquella forma, bellísima pero a la par arriesgada, de lanzar los penaltis se la vi luego repetir a la gran estrella carioca Sócrates, en el Mundial de México 86. En el Sevilla, Pintinho tuvo que desactivarla a raíz de una eliminatoria de la Copa de la UEFA con el Sporting de Lisboa, en la que envió al poste derecho de la portería portuguesa el penalti que nos señalaron a favor en el último minuto, tras una falta sobre Moisés.

En la Copa del Rey, nos eliminó el Real Madrid en los cuartos de final, con extrañísimo partido de vuelta, en el que Buyo regalaría a Santillana el tanto de la victoria capitalina.

En la Copa de la UEFA, tras eliminar meritoriamente al Levski Spartak de Sofía y al PAOK de Salónica, caímos en los octavos de final ante el todopoderoso Kaiserslautern de los colosos Briegel, Allofs y Brehme, con pifia arbitral en la ida (anulación de un penalti pitado en las postrimerías que nos podría haber puesto con dos-cero) y cúmulo de lesionados para la vuelta en Alemania.


De aquel equipo sevillista de principios de los ochenta, uno guarda los mejores recuerdos, aún reconociendo que estaba a años luz del actual, pero siempre he tenido una duda sobre su rendimiento, imposible de resolver, y que hoy quiero compartir con vosotros: qué hubiera sido capaz de hacer aquel Sevilla si hubieran coincidido en el tiempo aquellos jugadores que Cardo subió del filial con Scotta, Montero y Bertoni en la delantera. Razonablemente, nos podrían haber dado algún título, principalmente la Copa doméstica, que otros, con muchos menos elementos sobre el papel, llegaron a conseguir. Baste recordar que por aquellos años, y con todos mis respetos, hubo equipos de segunda fila que alcanzaron la final, como Castellón, Elche, Las Palmas, Sporting de Gijón, Betis, Castilla o Valladolid, algo inconcebible años atrás, en la época clásica del fútbol español. Nosotros, mientras tanto, nos quedamos dos veces en las semifinales, a las puertas del triunfo, un triunfo para el que aún tendrían que transcurrir más de veinticinco años de una larguísima espera.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Jesús Navas, el futbolista seise


No hace mucho que ha estrenado veinticuatro primaveras, pero sigue siendo un niño, siempre lo será.

Está condenado a llevar a cuestas esa bendita apostilla, como aquel navarrico de Estella, Juanito aún le llaman, eterno Niño de Oro a los ojos nervionenses, por mucho que luzca sienes plateadas desde que cambiara botas y borceguíes por la pizarra y el chándal.

O como aquel otro extremo de la belle epoque sevillista, tiempos de charleston y flequillo a lo garçon, que remataba la línea del miedo del sempiterno Campeón de Andalucía. Le llamaban “petit”, el “Niño” Brand, y apenas era un chiquillo, pero portaba la misma gracia y el mismo duende, con su famoso regate del “molinillo”, que ahora desgrana a raudales este príncipe andalusí de Los Palacios.

Porque si hay una cualidad sevillana por antonomasia, esa es, sin duda, la gracia. Sevilla es la ciudad de la gracia, decía el inolvidable José María Izquierdo. La gracia de una Virgen paseando bajo el rocío malva de la madrugada. La gracia de Pepe Luis, citando en los medios con el cartucho de pescao. La gracia, en definitiva, de esos párvulos bailones, intemporales, que honran a Dios privadamente, en su casa, la Catedral metropolitana.

Y es que Jesús recuerda a esos seises vestidos de pitiminí, con su cara de ángel, su “faz murillesca”, según decía Luis Cernuda, y esos movimientos etéreos con el balón en los pies sólo al alcance de querubines celestiales.
Giros, requiebros, saltos que enhebran un fútbol grácil y delicado, sutil, casi musical. Sinfonía alegre de quien se desplaza sobre la hierba como el que se desliza en patines por una pista de hielo. Ni más ni menos que la pureza antigua de la escuela sevillista de fútbol, reencarnada en plena era de la botellona por sms.



Dicen los envidiosos, los pobres de espíritu, cuando lo quieren comparar con aquel portuense chistoso que le regaló un penalti mundialista al nieto de Kung-Fú, que este Niño Jesús sevillano no tiene gol, y sin embargo, ha destrozado ya, en el primer tercio de su carrera, todos los records y estadísticas imaginables, con nosecuántos partidos europeos disputados y cinco copas que son cinco cálices de plata luciendo en la repisa de su cuarto, junto a la consola de la playstation.

¿No os dais cuenta, insensatos, que si no tiene gol es porque regala los suyos a espuertas como un rey mago que tira caramelos? Ahí están si no el nueve de Brasil o el Mesías de Mali para atestiguarlo. Vinieron con sus carreras a punto de marchitar y no dejan de crecer cada día más fuertes con la ayuda generosa de Jesús.

Así pues, luciferes de pacotilla, alejaos de este niño, no toquéis a nuestro plusmarquista divino, dejádmelo en paz, que vuele a su aire. Es sólo para nosotros, su familia, patrimonio del sevillismo y de nadie más. Que se pare el tiempo, que no se termine nunca el placer de disfrutarlo, calladamente, en la grada, en la intimidad de esa otra Catedral imponente, la del fútbol hispalense, el Ramón Sánchez-Pizjuán, único templo donde cabe medir, como Dios manda, la danza indeleble de este niño seise sevillista que, como diría el pregonero Barbeito, y aquí me haría falta su voz, juega al fútbol como los mismísimos ángeles.

lunes, 14 de diciembre de 2009

El "Sota", aquella vieja cafetera


Los años posteriores a la Guerra Civil española fueron duros para todos, también para los deportistas.

La competición futbolística se reanudó con la I Copa del Generalísimo, conquistada por el Sevilla Fútbol Club en Montjuich, y continuaría con el Campeonato Nacional de Liga de la temporada 1939-40, en que alcanzamos el subcampeonato, tras aquella fatídica tarde de El Bardín.

En aquellos lejanos tiempos, los desplazamientos para disputar los partidos fuera de casa los hacía nuestro club en un modestísimo autobús de gasógeno, más asequible que la gasolina, al que los nuestros llamaban el “Sota”, sin que sepamos porqué.

No es difícil imaginarse las incomodidades de aquellos viajes por las penosas carreteras de la famélica red viaria española, compuesta mayoritariamente de caminos con calzadas de adoquines o incluso tierra, muchas de ellas medio destruidas aún por el recientísimo conflicto bélico.

Sucedía que los jugadores llegaban reventados para enfrentarse a su rival local de turno, de ahí que la dinámica habitual de aquel fútbol clásico de la posguerra fuera una mezcla casi simétrica de triunfos caseros y derrotas visitantes.

En cierta ocasión, en un viaje del equipo nervionense a la localidad alicantina de Alcoy para enfrentarnos al equipo de la moral, el viejo “Sota” sufrió un percance que apunto estuvo de dar con la primera –y única- incomparecencia sevillista a un partido liguero.

Había una penuria de gasoil enorme, por lo que aquel autobús llevaba un depósito de repuesto que permitía ahorrarse la dificultosa tarea de repostar durante el trayecto. Hay que pensar que no era nada fácil llenar el depósito, pues a la escasez de surtidores, se unía el problema de que no servía como contraprestación ni el dinero ni otro medio de pago corriente. El combustible se conseguía por medio de vales, de forma parecida a lo que sucedía con los alimentos y las archifamosas cartillas de racionamiento.

Atravesando la provincia de Granada, el depósito de gasoil del “Sota” se desprendió del vehículo, así que para repararlo, el delegado-adjunto del equipo, D. Eugenio Montes Cabeza, hubo de localizar sobre la marcha, no un taller ni a un mecánico, sino al herrero del pueblo más cercano, a fin de que arreglase el entuerto a tiempo de que el equipo llegase a su destino. El viaje duró unas veinte horas, y aún con todo, ganamos por dos goles a uno.

Hoy, en que la superprofesionalización que envuelve al deporte rey en todos sus ámbitos deja cada vez menos espacio al romanticismo, echamos la vista atrás con nostalgia y comprobamos la catadura de aquellos héroes –jugadores, técnicos y directivos- que se embarcaban en la aventura del fútbol, jugándose prácticamente la vida, con la ilusión de defender al equipo de sus amores, por cuatro perras gordas y una caja de calcetines.

Los viajes en autobús casi se han terminado para los equipos de elite, sólo se utilizan para ir del hotel de concentración al campo y viceversa, e incluso éstos parecen un hotel ambulante, más que un medio de transporte. Bueno, para eso han quedado los autobuses y para algo más, como por ejemplo, darse un paseo por la gloria de las calles de Sevilla, en procesión a la Catedral, convenientemente tuneados, con cada cáliz de plata que ha engrosado las vitrinas de nuestro club en los últimos tiempos. Ojalá que muy pronto se repita la escena.


sábado, 12 de diciembre de 2009

Silencio en el mediocampo


Manolo Ruiz-Sosa ha muerto.

Se nos ha ido para siempre uno de los más grandes futbolistas del Sevilla Fútbol Club de todos los tiempos.



Titular indiscutible desde finales de los años cincuenta, formando con Ramoní, Pepín, Maguregui o, sobre todo, Ignacio Achúcarro (arriba en la foto), el pequeño centrocampista coriano era un compendio del buen jugar: técnico, seguro, incansable, completísimo.

Internacional en una época de terrible competencia, se mantuvo en la elite durante muchísimo tiempo, incluso tras su traspaso al Atlético de Madrid.



Posteriormente sería un notable entrenador, y en el Sevilla Fútbol Club de su alma, llegaría a compartir banquillo con Luis Aragonés, como ayudante, antes de pasar poco después a ser técnico dentro del organigrama de Monchi.

Descanse en paz.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Jock Wallace y la ciudad sin ley


Para los que ya peinamos canas o donamos involuntariamente la cabellera, incluso ambas cosas, el nombre de Jock Wallace no nos suena necesariamente a personaje de western. Sabemos muy bien que se trata de quien fuera elegido a mediados de los ochenta como entrenador sevillista para la sucesión de Manolo Cardo, cuando al igual que en los lejanos años treinta, con Mr. Pentland, Mr. O’Connell y otros, se puso de moda en el fútbol español lucir guiri espiquininglih en los banquillos, después de los éxitos de Terry Venables en el F.C. Barcelona.

Y no sería porque el técnico escocés no tuviera buena percha para sheriff del oeste, ahí tienen la foto. Ni porque al llegar no se encontrara solo ante el peligro, como Gary Cooper, con el club en un delicadísimo momento, económico y deportivo, en tierra de nadie, con Gabriel Rojas sin atinar con el pulso necesario para desatascar el rumbo perdido de la entidad, y la alargada sombra de su antecesor coriano atizándole los costados cada vez que se torcía mínimamente la cosa. Salvando las distancias, algo parecido a lo que le sucede a Manolo Jiménez desde que se hiciera cargo del banquillo nervionense, cuando al primer estornudo del equipo, ya le están recordando los logros de Ramos y su gloriosa e irrepetible época de las cinco copas.

Pero vamos a lo nuestro, y hablando de Jiménez, precisamente Jock Wallace sería su gran valedor, quien más confiaría en sus condiciones, contra viento y marea, al igual que con hombres como Ramón Vázquez, Rafa Paz o Jesús Choya. Hizo uso de la cantera sevillista como casi ningún preparador de la casa, fue honesto, trabajador, discreto, aunque quizás le pedieron algunas ideas difíciles de conciliar con el gusto de los aficionados. Hombres como el mundialista Francisco o Moisés Rodríguez Carrión no eran indiscutibles para él, menos aún cuando comenzaron a desfilar los primeros fichajes de la era Cuervas como Cholo, McMinn, Salguero, De la Fuente y sobre todo, Pablo Bengoechea, el profesor uruguayo. Todavía recuerdo aquel Carranza, yo estaba allí, en que caimos por tres a cero en las semifinales ante el Vasco de Gama, en el que aún descollaba el veteranísimo Roberto Dinamita, junto a jóvenes talentos como Valdo, Mazinho y Donato. Los favoritos de la afición esperaron turno en el banquillo, y saltaron al campo casi por exigencia del público, cuando todo estaba ya perdido. A los pocos días, Wallace fue cesado antes incluso de disputarse el primer partido liguero, siendo su sustituto Javier Azcargorta.

Quizá en el fracaso de Wallace, un poco medio en broma, y un poco medio en serio, tuviera bastante que ver un episodio que ha pasado casi inadvertido, y que hoy rescatamos del baúl de lo recuerdos. Era julio de 1986, y quien fuera precisamente técnico del Glasgow Rangers FC, estaba literalmente recién aterrizado en nuestra ciudad.

Estábamos en aquella Sevilla irreconocible previa a la Expo 92, sin apenas infraestructuras, tan distinta a la actual, que en ciertas zonas de extrarradio era conocida como la ciudad sin ley. Abundaba en aquellos tiempos una delincuencia urbana de adolescentes que dominaba, entre otras, la suerte del “semaforazo”, esto es, el ladrillo rompelunas que permite la extracción del equipaje en un pis pas, de la que serían víctimas nuestro protagonista, su mujer Daphne, y el intermediario que los trajo al Sevilla, Ramón Fernández.


Lo más gracioso del asunto fue la reacción de la mujer de Wallace, Daphne, que declararía:

- Sevilla, finito para mí.

No me reconocerán que así, cualquiera triunfa.

Anécdotas al margen, y que nadie lo ponga en duda, John "Jock" Martin Bokas Wallace fue un grande del fútbol. Modesto como jugador (era portero), fue un grandísimo entrenador del Rangers. Hizo el servicio militar en las junglas de Malasia, tierra de Sandokan, lo que le imprimiría su característico aprecio por la disciplina. Tras su fallecimiento, el 24 de julio de 1996, sería objeto de diversos homenajes como sólo en el fútbol británico saben brindar a los héroes históricos.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Un par de novatos contra la delantera eléctrica


El fútbol español hasta la Guerra Civil era un fútbol eminentemente físico, en el que prevalecía la fuerza bruta de sus practicantes sobre cualquier exquisitez o barroquismo.

Aunque pueda parecer un contrasentido, una de las razones que justificaban lo rudimentario del juego era precisamente la escasa preparación física de los jugadores, en comparación con la importancia que ello tiene hoy día, de manera que, como si de una ley natural se tratara, los equipos con mayor fortaleza y resistencia, en cuanto a su morfología, es decir, con elementos más altos y robustos, acababan siempre por demoler a los conjuntos formados por individuos frágiles y livianos, pues la habilidad y la técnica que éstos pudieran atesorar aún no compensaban suficientemente la falta de facultades.

Además de la preparación física, o mejor dicho, la ausencia de ella, otro factor decisivo para que se diera aquella tendencia hacia el fútbol-fuerza era el balón, que en aquellos tiempos tenía una pobrísima calidad. Se fabricaban en un cuero permeable al barro y al agua, con lo que cada vez que llovía o la cancha estaba embarrada, aumentaba su peso considerablemente, dificultando su desplazamiento y el tiro. Además lucía unos enormes costurones que convertían los despejes de cabeza en una auténtica prueba de valentía para los defensas de la época.

Razones como las expuestas se encuentran entre las claves para que nuestro Sevilla “del miedo”, aquel de los Spencer, Ocaña, Kinké o Brand, no rubricase en su palmarés –Campeonatos de Andalucía aparte- la excelsitud de su fútbol allende Despeñaperros.

En el periodo al que nos referimos, la hegemonía indiscutible en el fútbol de los títulos la acaparaban los equipos de la cornisa cantábrica, con el Athletic de Bilbao a la cabeza, seguido de clubes como Arenas de Guecho, Real Unión de Irún y Club Ciclista de San Sebastián (hoy Real Sociedad). Sólo el Barcelona y el Español le hacían algo de sombra desde la ciudad condal. Clubes grandes hoy indiscutibles como Real Madrid, Valencia o Atlético de Madrid, por poner tres ejemplos fáciles, apenas si pudieron aguantar el tirón de los primeros. Y fuera ya de los títulos, hay que destacar igualmente que en estos años se producen algunos de los pasajes más señeros de la historia de clubes modestos de nuestro septentrión como el Racing de Santander, el Deportivo Alavés, el Osasuna de Pamplona o el Real Oviedo.

Precisamente a este conjunto asturiano, al equipo carballón, pertenecía la famosísima delantera eléctrica, integrada por Casuco, Gallart, Lángara, Herrerita y Emilín. Los tres últimos, internacionales absolutos por España, destacando sobremanera Isidro Lángara, el centro delantero, gran estrella del fútbol español del momento, y luego tras la guerra, en el fútbol argentino. Porque el Oviedo fue el verdadero gran damnificado por la contienda civil entre los equipos de la Primera División española. Fue el único club que vio destruido su campo, el viejo Buenavista, siéndole imposible ocupar su plaza en la división de honor cuando la competición liguera se reanudó en la temporada 1939-40, siendo sustituido por el Aviación Nacional. La delantera eléctrica se desintegró. Lángara marchó al San Lorenzo de Almagro, Gallart al Racing de Ferrol y el ala izquierda del equipo, Herrerita y Emilín, pasó al F.C. Barcelona, aunque retornasen posteriormente a su casa. Antes de la guerra, el Oviedo alcanzaría por dos veces el tercer puesto liguero y se quedó a las puertas de una final de Copa, méritos jamás repetidos para un equipo que, pese a que llegó a disputar una vez la Copa de la UEFA, actualmente milita en la Segunda División B española.

A principios de los años 30, nos encontramos a un Sevilla Fútbol Club deprimido, muy inseguro, que no ha podido digerir aún el doble fracaso contra el Racing santanderino para jugar en la Primera División del fútbol español. Para la temporada inaugural de la liga española, las diez plazas de la categoría se distribuyeron entre campeones y finalistas de la Copa de España, quedando una última libre, para cuya asignación se disputó una competición, en la que cántabros y sevillistas resultaron finalistas, ganando el derecho los racinguistas en el segundo partido, el de desempate. El Sevilla Fútbol Club se proclamó campeón del primer campeonato de liga de la Segunda División, aunque aquel año, temporada 1928-29, por única vez en toda la historia, el primero de la categoría de plata no subía automáticamente a primera, debiendo disputar una promoción con el último clasificado de primera, que resultó ser, precisamente, el Racing de Santander, promoción que perdimos, nuevamente, por la mínima. Los esfuerzos por jugar en la Primera División marcan esta época, en la que se fichan elementos como Gual, Campanal, Vantolrá, Padrón, etc., auténticas figuras de primerísima fila, que pese a suponer un enorme esfuerzo económico, no conseguirán el objetivo del ansiado ascenso hasta 1934. Surge una crisis interna que enfrenta a la tradicional elite sevillista, representada por ese auténtico lobby que fue la Peña Sevillista, con la oposición, representada por la Agrupación Sevillista, y se está muy cerca de un cisma que aborta Ramón Sánchez-Pizjuán con su liderazgo ya indiscutible en aquellos tiempos. La afición culpa a la defensa de los males deportivos del equipo, y entonces el club opta por emular la política de adquisiciones de otros equipos, con el fichaje de jugadores norteños de marcado cariz defensivo: los defensas Euskalduna y Deva, y el medio izquierdo Fede, todos ellos procedentes del Deportivo Alavés. Esta política de injertos vascos dio grandes resultados a equipos como el Real Madrid, con la famosísima pareja de exalavesistas Ciriaco y Quincoces o al euskadikobetis de los Urkiaga, Areso, Aedo, Lekue, Unamuno o Larrinoa, que llegaría a proclamarse incluso campeón liguero en 1935, con un estilo y perfil de equipo netamente anti-andaluz y anti-sevillano, perfecta antítesis de la “escuela sevillista” creada por Spencer, Kinké o Brand.

Aquellos defensas forzudos que entonces se pusieron de moda era lo acostumbrado en las canchas españolas, y durante unas cuantas temporadas, Deva y Euskalduna ejercerían de guardaespaldas de Guillermo Eizaguirre. Quizá por ello el público ovetense reaccionó con un inusitado cachondeo cuando cierta tarde de campeonato en su estadio de Buenavista, el equipo visitante, el Sevilla Fútbol Club, se presentó a jugar contra el titular del Principado con dos defensas imberbes, canijos, prácticamente dos niños, para contrarrestar nada más y nada menos que a una delantera que acumulaba tres puestos en la selección nacional. Decía uno de los protagonistas que las risas de los aficionados del Real Oviedo podían oírse por todo el campo, y que los mismos se frotaban las manos pensando el destrozo que la delantera eléctrica podía hacer con aquellos chavales, no en vano Lángara acabaría siendo el pichichi del campeonato, con veintiocho goles. Uno de aquellos defensas era debutante, y tenía 17 años. El otro acababa de debutar, y también era un adolescente. Sus nombres son míticos dentro de la historia sevillista: Villalonga y Joaquín. Fue Ramón Encinas, el entrenador gallego al que tantísimo debe el sevillismo, quien se ocupó de la transición entre una defensa rocosa y de escasa cintura, y el nuevo concepto defensivo que acabaría imponiéndose, con defensas ágiles, atléticos, flexibles, con gran capacidad para el salto y una movilidad que dificultaba enormemente el desborde de los delanteros rivales. Aquella jornada lejana, nuestro par de novatos fue capaz de tornar las risitas del público en cabreo, pues el partido terminó con empate a cero goles. Al final de la temporada el equipo se mantuvo en Primera División, y cuando aquellos jóvenes maduraron, empezaron a ganar títulos tan importantes como el Campeonato de Copa de España de 1939 o el Campeonato de Liga de 1946.


Joaquín y Villalonga desarrollaron prácticamente toda su carrera profesional como jugadores en el Sevilla, club al que también prestaron sus servicios como técnicos. Joaquín fue segundo entrenador en la época de Luis Miró, cuando la delantera de cristal, Agüero, Diéguez, Antoniet, Pereda y Szalay, brillaba en su máximo esplendor, mientras que Diego Villalonga, apodado "Diego Valor", sería notable entrenador del Sevilla Atlético y apagafuegos de emergencia del primer equipo en aquella época de arriesgados vaivenes que supuso la década de los sesenta.

viernes, 4 de diciembre de 2009

Un dulce encuentro

Esto que ahora les cuento podría perfectamente considerarse como un "caso verídico", uno de aquellos inolvidables entremeses que nos contaba, con su personalísimo y peculiar estilo, el inolvidable genio sevillista del humor Paco Gandía.

La escena hay que situarla una mañana de invierno en cierta población sevillana situada a media distancia de la capital, con honda raigambre sevillista, como bien acredita su afamada y veteranísima peña, ubicada en pleno centro de la localidad.

No muy lejos de allí, un tipo trajeado con pinta de auditor de cuentas entra en un establecimiento de hostelería, y se inicia el presente diálogo (más o menos) con los responsables del negocio:

- ¿Es aquí donde se hacen las mejores ******** del mundo?

- Usted es sevillista ¿verdad?

- ¿Cómo lo ha adivinado?

- Sólo un sevillista puede preguntar así por nuestras ********.

- Póngame unas cuantas ...

- ¿Quiere que les ponga el escudo del Sevilla?

- Por supuesto, y en agradecimiento, publicaré algo sobre esto en mi blog.

- ¿Tiene usted un blog sevillista? ¿cuál es?

- Ayer y Hoy Sevillista.

- Entonces es usted Enrique, ¿no? Le escuchamos en el programa de Alvarado, el martes, lástima que no pudimos estar.

Y continúa así una conversación animadísima, cordial, entrañable y simpática, en la que florecen nombres conocidos del sevillismo, grandes amigos, como el citado Jesús Alvarado, Javier Cabrera, Pedro Monago, Ramón Somalo, Mayte Carrera, Carlos Romero, Antonio Ramírez, Agustín Rodríguez, Paco Luengo, las hermanas Albendín de Huelva ...

Tan imbuidos estábamos en nuestra improvisada tertulia sevillista que incluso me marché del local sin abonar el precio de la compra, y sin reparar en ello hasta llegar a mi casa (evidentemente, llamé para disculparme y para arreglar el entuerto).

Al cabo de todo esto, muchos de vosotros ya sabréis que, amén de un servidor, los protagonistas de este dulce encuentro son los hermanos Pablo y Juan Carlos Prieto y que las viandas (os tomo prestado el término, quedateamiladistas) en cuestión son esas palmeras de huevo y de chocolate que, como su equipo, y el mío, son las mejores del mundo.



Sucedió ayer y, cumpliendo mi promesa, aquí queda este pequeño homenaje para esos dos sevillistas de oro puro, artistas de la pastelería y dominadores absolutos de todo lo que huela a SFC en la tierra y en la red. No dejéis de visitarles y de comprobar todo lo dicho. Merece la pena.




Gracias Pablo y gracias Juan Carlos. ¡Qué buenas están las palmeras, Dioooos!

martes, 1 de diciembre de 2009

El miedo de Tibor Szalay


Tibor Szalay fue un excelente delantero que engrosó las filas del Sevilla Fútbol Club a finales de los años cincuenta, concretamente, en el verano de 1958, cuando contaba con veinte años de edad.

Era diestro, aunque jugaba como extremo izquierdo, con buena técnica, un gran disparo y notable olfato goleador.

Así se definía él, en una entrevista para Vida Sevillista:

- En el puesto de extremo, que es mi favorito, procuro corresponder a las cualidades ideales que debe tener un buen extremo: rapidez, visión, crear juego y tirar con puntería a puerta o al compañero para que remate ...

Tibi, que era el apelativo cariñoso con el que se le conocía, formaría parte de aquella línea atacante de leyenda del equipo de Luis Miró, la delantera de cristal, integrada por Agüero, Diéguez, Antoniet, Pereda y nuestro protagonista.

Szalay había nacido en Kobolkut, y era húngaro de nacimiento, aunque llegaría al Sevilla procedente del Austria de Viena austríaco, con el que se había proclamado máximo goleador, con veinticinco tantos en veintiún partidos. Había emigrado de su país huyendo literalmente de las difíciles circunstancias políticas que entonces vivía, lo que le provocó una suspensión de la FIFA durante un año.

Vino al Sevilla de la mano de su compatriota Jeno Kalmar, efímero entrenador sevillista, y antiguo preparador del gran Honved de Budapest, el mejor equipo del mundo de la primera mitad de los años cincuenta, y que contaba en sus filas con hombres de la talla de Puskas, Czibor, Kocsis o Josep Bozsik.

Aquí tenéis una fotografía del día en que se formalizó su fichaje, firmando los contratos en presencia del presidente austríaco, doctor Eckel, y D. Antonio Sánchez Ramos, el famoso "tío del puro", en la antigua sede blanca de la calle San Miguel.



Sus excelentes actuaciones con el equipo blanco le valieron un traspaso al F.C. Barcelona junto con Jesús Pereda, cuando hacer caja comenzaba a ser perenne necesidad de los blancos a causa de la deuda por el estadio Ramón Sánchez-Pizjuán.

Pese a ser un notabilísimo futbolista, Tibor Szalay ha pasado a la historia del deporte rey por su miedo, auténtica jindama, ante la violencia de los defensas rivales.

Esto se escribía sobre el sevillista en aquellos tiempos:

"Después de su paso por las filas del Austria, un equipo puntero de la nación austríaca, llegó Szalay al club blanco en mal momento, cuando no se acababa de recomponer la moral. A su corta edad, Szalay no había conocido más fútbol, en plan de campeonato, que el juvenil de Hungría y el reposado de Austria. El concepto de su juego chocó con el inconveniente de la impronta latina, de la velocidad, del coraje y del ardor del fútbol español. Y Szalay, que había llegado aureolado, que esperaba él mismo llegar a ser figura dentro del fútbol español, hubo de soportar la crisis del Sevilla, la suya propia en la distinta concepción del fútbol, su aclimatación, y hasta el que lo encasillaran entre los futbolistas en exceso prudentes ..."


Cuenta Juan Tejero, en su simpática obra “El circo del fútbol”, que en cierta ocasión, con motivo de un partido entre el Sevilla y la Unión Deportiva Las Palmas, el expeditivo jugador canario Pantaleón, conocedor de las debilidades de nuestro futbolista, le disputó a éste, digamos que de manera excesivamente ardorosa, la primera pelota del partido, que el veloz extremo blanco llevaba cosida a su pie.

Como resultado de las caricias de Pantaleón, Szalay hubo de ser retirado del terreno de juego dado que sangraba abundantemente por … ¡¡su cabeza y rostro!!

Camino de los vestuarios, en su macarrónico español, el buen futbolista magiar no dejaba de lamentarse:

- Mí no entender nada, pelota en pies y defensa golpear cabeza. Mí no entender, no entender …


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